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Dios también habla hoy: Miércoles de la 7 a. Semana – Ciclo B

“Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros” Jesús respondió: “No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro”. (Mc 9,38-40)

Os habéis preguntado alguna vez por qué Dios no va al fútbol.
Yo creo entenderlo: Porque armaría todo un lío.
Si es de nuestro equipo perfecto.
Pero, si es del otro equipo está frito.
Los del otro equipo le rechiflarían y tendría que salir con la policía.

¡Cuánto nos cuesta aceptar el bien que hacen los otros, si no piensan como nosotros!
¡Cuánto nos cuesta aceptar el bien que hacen los otros, si no son de nuestra Iglesia!
¡Cuánto nos cuesta aceptar el bien que hacen los otros, si no son creyentes!
¡Cuánto nos cuesta aceptar a los demás si no tienen los mismos gustos que nosotros!

Nos encanta levantar muros entre nosotros.
¡Con lo maravilloso que es tender puentes!
Nos encanta levantar muros que dividen.
¡Con lo maravilloso que es derribar todo lo que separa!

Hablamos mucho de la familia humana.
Pero cuántas grietas y cuantos muros de separación.
Nos separa el color de la piel.
Nos separa nuestra condición social.
Nos separa la política, la economía.
Nos separa incluso la religión.

¡Cuántos siglos hemos vivido divididos y enemistados con nuestros hermanos a los que hemos calificado de “separados”!
¡Cuántos insultos entre las distintas Iglesias!
¡Cuánto odio incluso hoy entre las distintas confesiones y religiones!
¿A caso no leemos los periódicos?
¡Cuántos muertos por atentados con coches bomba en las Iglesias!

Algo parecido les sucedía a los Discípulos.
“Hemos visto a uno que hacía milagros en tu nombre, y se lo hemos prohibido”.
¿Razón? “No es de los “nuestros”.
Es dura, pero qué cierta es la frase de Martini: “A veces los no creyentes están más cerca de nosotros que muchos de nosotros entre nosotros mismos”.

Y sin embargo:
¡Cuánta bondad hay fuera de la Iglesia!
¡Cuánta justicia hay fuera de la Iglesia!
¡Cuánta comprensión hay fuera de la Iglesia!
¡Cuanta caridad (bueno nosotros la llamaríamos filantropía) hay fuera de la Iglesia!
¡Cuántos luchan por construir la paz y no son de la Iglesia!
¡Y hasta es posible que no tengan fe en Dios!
Pero, aún ellos tienen un gran corazón.

Dios envía el sol para todos: buenos y malos.
Dios envía la lluvia para los creyentes y los que no creen.
Dios también ama incluso a aquellos que no creen en él.
Dios no es excluyente. Dios es incluyente. Dios no divide sino que une.

Estoy seguro que muchos que parece que “no son de los nuestros”, son realmente “de los nuestros”.
Los que dieron de comer, vistieron a los desnudos, visitaron a los enfermos, no lo hicieron pensando en Dios, sino por amor a los hombres.
En el fondo, creían en un Dios que desconocían.
En el fondo, amaban a un Dios que ignoraban.
En el fondo, amaban a Dios encarnado y oculto en los más necesitados.

Podemos pensar distinto. Pero no por eso tenemos que excluirnos.
No tenemos la exclusiva de la verdad. También los demás piensan.
Podemos tener criterios diferentes. No por eso tenemos que marginarnos.
¿Acaso en la misma Iglesia todos pensamos lo mismo?
¿Acaso en la misma Iglesia todos tenemos los mismos criterios?
¿No ha habido en la Iglesia distintas “escuelas de teología”.
Siendo estudiante veía cómo “tomistas” y “suarecianos” se odiaban a muerte.
Lo distinto no debe excluir a nadie.
La distinto puede ser una fuente de enriquecimiento mutuo.

Jesús nos dejó como mandato: “amos los unos a los otros”.
Y no dijo “armaos los unos contra los otros”.
Y no olvidemos que, los preferidos de Jesús, fueron siempre los marginados por los buenos.
Al que hace el “bien” “no se lo prohibáis”. También en él está actuando la gracia de Dios.

Clemente Sobrado cp.

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Dios también habla hoy: Martes de la 7 a. Semana – Ciclo B

“Llegaron a Cafarnaún , y, una vez en casa, les preguntó: “¿De qué discutíais por el camino?” Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. (Mc 9,30-37)

Primero Jesús se dedica a enseñar a la gente.
Los discípulos simplemente comienzan a aprender con el testimonio de Jesús.
Ahora cambia de alumnado.
Jesús se dedica ahora a ellos, a los suyos.
Por eso evita pasar por los pueblos para que la gente no se entere y lo distraiga.
Más que hablar a las gentes, ahora ha formado como su pequeña academia para formar a los suyos.

¿Tema de su formación? “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán”.
Para los discípulos el tema resulta poco interesante.
Nunca resulta interesante eso de entregar la vida por los demás.
Nunca resulta interesante eso de servir a los demás hasta dar la propia vida.
Nunca resulta interesante la fidelidad hasta la muerte.

Mucho más importante es:
¿Quién es el mayor de todos?
¿Quién es el más importante de todos?
¿Quién es el primero de todos?
¿Quién es el mandamás de todos?
¿Quién es el que se sienta en el sillón presidencial?

Dos mundos: el de Jesús y el de los Doce.
Dos caminos: el de Jesús y el de los Doce.
Dos maneras de pensar: el de Jesús y el de los Doce.
Dos escalas de valores: la de Jesús y la de los Doce.
Dos metas en la vida: la de Jesús y la de los Doce.

El aguante de Jesús resulta llamativo.
No se altera ni, como diríamos nosotros, “no se calienta”.
Hasta en esto, Jesús se revela en lo que es.
Ni siquiera les echa en cara sus ambiciones.
Maravillosa pedagogía la del amor y la de la comprensión.

No es la pedagogía que se impone por la fuerza y el castigo.
Es la pedagogía que se impone por la comprensión de las debilidades humanas.
Es la pedagogía del que ofrece pero no impone sus ideas.
Es la pedagogía del que habla al corazón para que ellos mismos tomen conciencia.
Es la pedagogía del que no trata de llenar sus cabezas de doctrinas e ideas.
Es la pedagogía del que trata de que uno mismo vaya descubriendo la verdad.
Me gusta aquella frase de Ortega cuando decía: “A mí no me den la verdad, díganme donde encontrarla”.

La convivencia humana:
está llena de quienes piensan distinto.
está llena de quienes tienen intereses distintos.
está llena de quienes tienen modos de ver diferentes.
La convivencia humana no está en que los demás piensen como yo.

Todos somos diferentes.
Cada uno tiene su cabeza que también piensa.
Cada uno tiene sus sentimientos que ven la vida con ojos diferentes.
Y no es que yo tenga que pensar como los demás.
Tampoco tengo que obligar a que todos piensen como yo.
Sino que tengo que comprender a los otros, aun sin pensar como ellos.
Tengo que respetar a los otros, por más que no acepte sus ideas.

Dios tiene una manera de pensar y nosotros otra.
Dios no piensa como nosotros, pero sí respeta nuestra libertad.
Dios sabe que tenemos intereses distintos.
Y, sin embargo, nos respeta sin “calentarse”.
Dios sigue su trabajo amoroso de ganar nuestros corazones.
Pero siempre respetando nuestros sentimientos.
Podremos hacer el camino juntos, aunque separados.
Y sin embargo, Dios no nos abandona ni nos deja abandonados en el camino.
Siempre espera que lleguemos a casa para que, avergonzados de nuestro modo de ser, terminemos pensando como él.
Dios no tiene prisas en que cambiemos.
Dios sabe esperar a que algún día cambiemos.

Linda lección para cuantos queremos que todos piensen como nosotros.
Linda lección para cuantos queremos imponer nuestras ideas.
Linda lección para cuantos tenemos prisas y no sabemos esperar.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Lunes de la 7 a. Semana – Ciclo B

Escucha la homilía dominical aquí: http://bit.ly/homilias.

“Si algo puedes, ten lástima de nosotros y ayúdanos”. Jesús replicó: “¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe”. Entonces el padre del muchacho gritó: “Tengo fe, pero dudo, ayúdame”. Jesús al ver que acudía mucha gente, increpó al espíritu inmundo, diciendo: “Espíritu inmundo y sordo, yo te lo mando: Vete y no vuelvas a entrar en él”. Gritando y sacudiéndolo violentamente, salió”. (Mc 9,14-29)

Todo es posible al que tiene fe

“Todo es posible al que tiene fe”.
Nada podemos hacer sin fe.
Necesitamos tener fe en Dios.
Necesitamos tener fe en nosotros mismos.
Necesitamos tener fe en los demás.
Necesitamos tener fe en las posibilidades de Dios en nosotros.
Necesitamos tener fe en nuestras posibilidades.
Necesitamos tener fe en las posibilidades de los demás.

Decimos que:
Está en crisis nuestra fe en Dios.
Está en crisis nuestra fe en los demás.
Pero, tal vez, la mayor crisis esté en nosotros mismos.

Nos cuesta fiarnos plenamente de Dios.
Nos cuesta confiar plenamente en Dios.
Nos cuesta abandonarnos plenamente en Dios.
Porque nuestra fe, con frecuencia es demasiado débil.
Porque, con frecuencia, las cosas no salen como nosotros quisiéramos.

Tenemos fe.
Pero, como el padre del muchacho enfermo, necesitamos gritar cada día:
“Tengo fe, pero dudo, ayúdame”
Ayúdanos a purificar nuestra fe.
Ayúdanos a abandonarnos más en nuestra fe.
Ayúdanos a fiarnos más de nuestra fe.

“Ayúdanos a creer más en nosotros mismos”.
No porque los demás nos alaben.
No porque los demás nos admiren.
No porque los demás hablen bien de nosotros.
Sino porque:
Creemos en nosotros mismos.
Creemos en lo que tú haces en nosotros.
Creemos en las posibilidades de ti en nosotros.
Creemos porque sabemos que tú actúas en nosotros.
Tener fe en nosotros no es orgullo.
Tener fe en nosotros no es vanidad.
Tener fe en nosotros no es presunción.
Es tener fe en todos los dones que tú mismo nos has regalado.

“Ayúdanos a creer más en los demás”
Que creamos en ellos como creemos en nosotros.
Que tengamos fe en ellos como en nosotros.
Para anunciar el Evangelio a los demás, es preciso tener fe en ellos.
Para ayudarles a crecer, es preciso tener fe en ellos.
Para ayudarles a vivir con alegría, es preciso sientan que creemos en ellos.

Demasiadas santidades fracasan, porque nos falta fe en Dios.
Demasiadas santidades fracasan, porque nos falta fe en nosotros mismos.
Demasiadas santidades fracasan, porque nos falta fe en los demás.

Nadie siembra si no tiene fe en los granos de trigo.
Nadie cosecha si no tiene fe para sembrar.
Nadie trabaja si no tiene fe en lo que hace.
Nadie da la vida a un hijo si no tiene fe en él.

Señor, sabemos que tenemos fe, pero, con frecuencia, es demasiado pobre.
Señor, sabemos que tenemos fe, pero, también nosotros dudamos.
Señor, ayúdanos a creer más en Ti.
Señor, ayúdanos a creer más en nosotros.
Señor, ayúdanos a creer más en los que nos rodean.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Martes de la 6 a. Semana – Ciclo B

Flickr: ibzomar

“Y les decía: “La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, a dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos…” y decid: “Está cerca el Reino de Dios”. (Mc 8,14-21)

Siempre hay más cosas que hacer que quienes estén dispuestos a hacerlas.
Todos sabemos que hay muchas cosas que se debieran hacer, pero todos esperamos a que las hagan otros.
Siempre hay muchas cosas que hacer hoy, pero preferimos dejarlas para mañana.
Todos sabemos que hay muchas cosas que pueden hacerse, pero todos preferimos que sean otros quienes las hagan.

Jesús, envía, por primera vez a setenta y dos de sus discípulos a que vayan por delante preparándole el camino. Y les hace ver:
Que la mies es abundante.
Que tienen por delante un campo muy amplio.
Que no es tiempo de descansar tomándose un traguito o un refresco.
Que más bien es la mies la que está esperando el Evangelio.
Son ellos los que tienen que poner prisas a sus pies.
Que tampoco se hagan ilusiones.
Que no se imaginen que todos los van a recibir con los brazos abiertos.
Que vayan dispuestos como corderos a encontrarse con manadas de lobos.

Para ello tienen que ir:
Libres como el viento.
Sin miedo a perder nada.
Ligeros de equipaje.
Pero, eso sí, con el corazón cargado de ilusiones y esperanzas, pues son portadores de a gran noticia: “El Reino de Dios está cerca de vosotros”.
Que no es tiempo para malas noticias, sino para anunciar buenas nuevas.

Cada día, somos conscientes de que en el mundo hay mucho por hacer.
Todos sabemos que lo que el mundo necesita no son lamentos de que todo está mal.
Tenemos que conocer la realidad, pero con ojos de esperanza.
Tenemos que anunciar algo más que calamidades.
Tenemos que mirar al mañana sin quedarnos en el hoy.
Que es preciso anunciar buenas noticias, sembrar nuevas ilusiones y nuevas esperanzas.
Que las cosas no andan mal porque tengan que ser así.
Que las cosas pueden cambiar.
Pero hay que cambiarlas.
Y se necesita de hombres y mujeres dispuestos a cambiarlas.
Que se necesita de hombres y mujeres que, en vez de pasarse el tiempo inútilmente, tienen que ponerse en camino.
Porque las cosas no cambian por saber que están mal.
Ni tampoco van a cambiar por mucho que lo lamentemos.
Tampoco cambiaremos el mundo a “control remoto” como quien cambia de canal de televisión, mientras seguimos cómodamente sentados en nuestro sillón.
Que es preciso “ponernos en camino”, decidirnos, poner manos a la obra.
Nada de balcones, sino de polvo de los caminos.
Nada de sentarnos, sino de caminar.
Que tenemos que fiarnos, no tanto de nuestro equipaje, sino de nuestra libertad para actuar, incluso allí donde posiblemente, nadie quiera escucharnos ni creernos.
Que en el camino encontraremos demasiados lobos.
Pero que nuestro corazón tiene que estar lleno de esperanza.
Que tenemos que llevar ilusiones.
Que tenemos que anunciar que el cambio es posible.
Que tenemos que anunciar que un nuevo futuro es posible.

Como cristianos es preciso proclamemos al mundo:
Que tenemos que mirar hacia delante.
Que tenemos que mirar más allá de la dura realidad del presente.
Que tenemos que despertar esperanzas dormidas.
Que tenemos que arrimar todos el hombro, porque será entre todos, que hagamos posible un mundo mejor, un mundo más bonito, un mundo más bello.

Además, a nosotros sólo se nos pide “vayamos por delante”.
A nosotros se nos pide preparar el ambiente.
Que por detrás vendrán otros que podrán llegar más lejos.
Pero alguien tiene que abrir el camino.
Alguien tiene que ir por delante para que otros se animen.
El cristiano no puede ser el que siempre llega tarde a la cita del Evangelio.
El cristiano tiene que ser el que llega primero, el que primero se compromete, el que primero se moja. El Papa Francisco dirá que “el cristiano tiene que primear”.
No importa si somos los primeros que llegamos. Lo que importa es que abramos caminos para que otros lleguen.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Lunes de la 6 a. Semana – Ciclo B

“Se presentaron los fariseos y se pusieron a discutir con Jesús; para ponerlo a prueba, le pidieron un signo del cielo. Jesús dio un profundo suspiro y dijo: “¿Por qué esta generación reclama un signo?” (Mc 8,11-13)

Flickr: Hernán Piñera

¡Qué complicados somos los hombres!
¡Qué retorcidos somos cuando no queremos abrir los ojos!
Por eso Dios se las ve siempre tan complicadas con nosotros.
Es que Dios no acierta con nosotros.
Jesús no se cansa de sanar y curar enfermos, como expresión de la presencia y fuerza del Reino.
Acaba de multiplicar los panes y dar de comer a toda una multitud.
Y ellos insisten en reclamar señales del cielo.

Dios solo ha querido hacer un signo en el cielo: amarnos tanto que nos envió a su propio Hijo.
Todos los demás signos o señales, Dios los hace en la tierra.
Y todos ellos son signos de amor a los hombres.
Pero pareciera que esos signos no sirven.
No nos interesan las señales que Dios hace.
Queremos las señales que a nosotros nos interesan.
Jesús mismo se siente como dolido, desilusionado, y por eso, “dio un profundo suspiro”.

En el fondo, ¿no es también esta nuestra realidad?
Cada día estamos rodeados de esas señales de Dios:
¿Acaso no es un milagro y signo de Dios la vida de cada día?
Si estamos enfermos y nos cura, entonces lo llamamos milagro.
Pero el don de la vida no es milagro.
¿Acaso no es milagro de Dios el que cada mañana podamos ver el color de las flores?
Si estuviésemos ciegos y nos devolviesen la vista, diríamos que es un milagro.
Pero la visión diaria no es milagro.
¿Acaso no es milagro de Dios el que, cada día, bombee miles de veces la sangre irrigando todo nuestro cuerpo?
Pero si un día se nos paraliza y vuelve a su rutina diaria, eso sí es milagro.
¿Acaso no es un milagro de Dios:
¿Cada hijo que nace?
¿Cada sonrisa que nos regala nuestro hijo?
¿Cada amor que brota de nuestro corazón?
¿Cada año que cumplimos de vida?
¿Cada anciano que llega a la cumbre de la vida?
¿Cada pareja que se ama?
¿Cada pareja que puede luchar cada día por el pan de los hijos?

Y si queremos ir más lejos ¿no somos cada uno los testigos de los milagros de Dios?
¿No es un milagro el sentirnos amados por él?
¿No es un milagro el que nosotros seamos capaces de amarle?
¿No es un milagro el perdón que nos regala?
¿No es un milagro el que cada día él se haga presente en medio de nosotros en la Eucaristía?
¿No es un milagro el que cada día convierta los granos de nuestro trigo en su Cuerpo y el vino de nuestros viñedos en su Sangre?
¿No es un milagro el que cada día podamos recibirle en nuestro corazón?

¿Y no es un milagro el que haya hombres y mujeres capaces de entregar sus vidas en el servicio de los demás?
¿Y no es un milagro tanto amor como hay todavía en el mundo?

Para el que tiene ojos de fe:
Nosotros mismos somos un milagro de Dios.
Vivimos rodeados de milagros.
Y sin embargo, también nosotros seguimos pidiéndole a Dios milagros, señales.
Quienes somos incapaces de ver la infinidad de milagros que se dan cada día, nos pasamos la vida pidiendo milagros.
Que Jesús no nos diga a nosotros lo que a aquellos fariseos, casi con rabia e indignación: “Os aseguro que no se le dará un signo a esta generación”.
A lo que me gustaría añadir: “hasta que sea capaz de ver los signos que les regalo cada día”.

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Domingo 6 – Ciclo B

“Se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: “Si quieres, puedes limpiarme”. Sintiendo lástima, extendió la mano y le toco, diciendo: “Quiero, queda limpio”. La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. El lo despidió, encargándole severamente: “No se lo digas a nadie…” (Mc 1,40-45)

 

http://concepcionistas-franciscanas.blogspot.pe/2012/02/quiero-queda-limpio.html

Hay algo que me sorprende en la vida de Jesús, sobre todo, en su relación con los enfermos, los pecadores.
El Evangelio suele utilizar una frase que, es posible se nos pase desapercibida: “se le acercaban”.
Nadie se acerca a los espinos.
Nadie se acerca a las ortigas.
Nadie se acerca a los amargados.
Nadie se acerca a los que les tenemos miedo.
Nadie se acerca a los que pueden rechazarnos.

La gente, algo veía en Jesús, que les inspiraba confianza.
Había un algo en él que a la gente la atraía.
Incluso aquellos, a quienes la ley excluía y marginaba, no tenían reparo en “acercarse a él”.
Hay personas que crean rechazo.
Hay personas que crean distancias.
Hay personas que inspiran miedo, respeto y lejanía.
Hay personas de las que todos nos alejamos.

Me encanta la figura que de Jesús presentan los Evangelios.
Porque es una persona:
A la que uno se siente próximo.
A la que uno se siente cercano.
A la que uno sabe puede acercarse sin miedos.
A la que se acercan los malos y se sienten bien a su lado.
A la que se acercan incluso los niños porque se sienten acogidos.

Un leproso, por ley tenía que vivir lejos e incluso gritar “leproso, leproso” para que la gente se alejase. En cambio, se entera de que es Jesús y rompe con la ley, rompe con las normas, rompe con las distancias, rompe con su religión “y se acerca a Jesús”.

Siempre me ha preocupado pastoralmente:
Que la gente nos vea como a distancia.
Distancia que, por otra parte, nosotros mismos hemos creado, sintiéndonos distintos, como si fuésemos de otra galaxia.
Personalmente siempre me ha disgustado que nos señalen con esos títulos de “Reverendo”, “Ilustrísimo”, “Eminencia”. Incluso, hasta el usted me cae mal.
Porque, por mucho que queramos justificarlo, responden más a títulos humanos que a Evangelio, más distancia que a proximidad.
En unas de mis vacaciones en el pueblo, compañeros míos de escuela venían y me saludaban con tremenda seriedad: “cómo está Usted Don Clemente”. A alguno le respondí: “si sigues con esos Dones no me hables más”.

Es posible que para muchos puede ser un escándalo, pero hasta cuando hablo con Dios, prefiero tratarle de “tú”. Me inspira más confianza. Cada uno es libre de hacerlo como mejor la vaya, yo me quedo con el “tú” que no creo sea falta de respeto sino cercanía y confianza.

Además, si el texto del Evangelio es exacto, hasta el mismo leproso trata de tú a Jesús: “Si quieres, puedes limpiarme”.
Jesús es alguien cercano.
Alguien que no vive del despacho.
Sino alguien a quien le encanta vivir y compartir con la gente.
Por eso, también es de los que “puede tocar”, puede “imponer la mano”, incluso consciente de que estaba prohibido.

Siento pena cuando escucho que los hijos tienen miedo a su padre.
Y se cuadran cuando llega a casa como si llegase en Comandante.
En cambio, disfruto cuando los niños salen a la puerta y se le cuelgan del cuello y lo besan.
Pero siento mayor fastidio cuando, a nosotros los sacerdotes, nos tienen miedo y como dicen en mi tierra, “hay que quitarse la gorra cuando pasa el cura”.
Prefiero me saluden con un beso, aunque sea de vieja.
Prefiero me den un abrazo o me extiendan la mano.
Porque, como Jesús prefiero la pastoral de “tocar con la mano”, aunque sepa que a muchos esto pueda escandalizarles.
¿Acaso no escandalizó Jesús “tocando a los leprosos”, que eran intocables?

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Sábado de la 5 a. Semana – Ciclo B

“Me da lástima esta gente; lleva ya tres días conmigo y no tienen que comer, y, si los despido a sus casas en ayunas, se van a desmayar por el camino. Además, algunos han venido de lejos”. (Mc 8,1-10)

La “lastima” que no se hace compromiso vale de poco.
Hay “lástimas” que no pasan de ser “lágrimas de cocodrilo”.
Sentir lástima es sentirse comprometido con el otro.
Sentir lástima es una manera de solidarizarnos con el que sufre.
Es sentir que el problema del otro también me duele a mí.

De todos modos, el hecho de sentir “lástima” ya es un punto de partida, ya puede ser el comienzo de algo.
Primero indica que tenemos ojos y corazón para ver.
Segundo, indica que todavía hay una sensibilidad en nuestro corazón.
Indica que no somos insensibles a la realidad que nos rodea.
Sentir lástima es mucho más que ver, que saber y conocer que hay hambre en nuestro alrededor.
Sentir lástima significa ver con el corazón.
Sentir lástima significa que, los que tienen hambre no se nos pasan desapercibidos y los vemos como personas.

Para Marcos, es Jesús el que primero toma conciencia de lo que sucede a su alrededor.
Para Marcos, también los discípulos ven.
Pero solo con los ojos. No les llega hasta el corazón.
Los discípulos ven el hambre de la gente como un problema que allí no tiene solución.
Hay quienes ven el hambre del mundo como noticia.
Hay quienes ven el hambre como problema.
Hay quienes ven pero desvían el problema para evitar el compromiso.
Hay quienes ven el hambre del hermano y comparte con él lo poco que tiene.

No siempre la abundancia es solución de los problemas del hambre.
No siempre el tener mucho soluciona el hambre de los demás.
Para Jesús:
Lo poco puede solucionar muchos problemas cuando somos ricos en el amor.
Lo poco puede hacer grandes milagros cuando está condimentado con el amor.
Lo poco puede llegar a muchos cuando lo sacamos de las manos de nuestro egoísmo.

Los verdaderos milagros no los hacen las cosas.
Los verdaderos milagros los hace el corazón.
Los verdaderos milagros los hace el amor.
Cuando el amor es más grande que nuestra chequera.
Cuando el amor es más grande que la pobreza del mundo.
Cuando el amor es más grande que las necesidades de los demás.

Mientras los discípulos se protegen con su pobreza de siete panes y algunos peces, Jesús abre su corazón sin cálculos matemáticos.
El verdadero problema no es el hambre.
El verdadero problema no está en el corazón vacío.
El verdadero problema está en el amor, en la solidaridad.

Nadie tiene problemas para recibir.
Todos tenemos problemas para dar.
Nadie necesita de permisos para recibir.
Todos necesitamos de permiso para dar.

Para dar, nadie debiera necesitar permiso de nadie.
Para dar, solo necesitamos permiso de nuestro corazón siempre abierto a los demás.

Con frecuencia, pedimos milagros a Dios.
Y la verdad es que, cada día, todos podemos hacer milagros:
Milagros de compartir.
Milagros de dar.
Milagros de sentirnos tocados por las necesidades de los demás.
Milagros estomacales, pero que son los milagros que Dios espera de nosotros.
Milagros que pueden hacer los ricos.
Milagros que pueden hacer también los pobres.
Milagros que podemos hacer todos.
¿Cuántos milagros no podremos hacer hoy?
¿Tendré que pedir permiso a mi superior para hacer hoy algún milagro?

Clemente Sobrado cp.

Dios también habla hoy: Viernes de la 5 a. Semana – Ciclo B

“Le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar, y le piden que le imponga la mano… le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: “Ábrete”. Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la lengua y hablaba sin dificultad”. (Mc 7,31-37)

A Jesús no resulta fácil encontrarlo en las salas de fiestas.
Ni tampoco tomándose unas vacaciones.
Ni en una habitación de hotel de primera.
Jesús se mueve constantemente en medio del dolor y del sufrimiento.
Por eso conoce tan bien el sufrimiento humano.
Y no es de los que tuerce la cabeza a otro lado.
Es de los que mira, ve y se detiene.
Y esto, la gente lo percibe.
La gente se da cuenta de que el dolor humano no le da ascos, sino que le toca el corazón.
Y por eso, a diario, por dondequiera que pasa, le traen sus enfermos.

Hoy, el turno le toca a un “sordo” y “mudo”.
Dos enfermedades que limitan profundamente la libertad humana.
Porque ambas impiden algo que es esencial al hombre y a la mujer:
La falta de comunicación.
La sordera, que impide escuchar a los demás.
Lo de “mudo”, que le impide expresarse en sus ideas y sentimientos.

La “sordera”, como la gran enfermedad entre las personas:
No escuchar a los demás.
No escuchar las necesidades de los demás.
No escuchar el sufrimiento de los demás.
No escuchar los sentimientos de los demás.
No escuchar las palabras de los demás.
No escuchar la palabra de Dios.

El sordo, símbolo del ser humano, cerrado a los demás y cerrado a Dios.
Por eso, el sordo vive una profunda soledad.
Vive encerrado sobre sí mismo.
Vive sin escuchar otra música que la de su propio silencio.

Sorderas, muchas voluntarias. La sordera del que no quiere oír ni escuchar.
Maridos sordos al corazón de su esposa.
Esposas sordas al corazón de sus maridos.
Matrimonios en el silencio y en la indiferencia que suele ser la peor sordera.
Padres sordos que no escuchan a los hijos.
Hijos sordos que no escuchan los cansancios de los padres.
Familias que viven en el silencio y la indiferencia.
Gente sorda que nos cruzamos en la calle y sólo escuchamos los ruidos de los carros, pero donde nadie escucha a nadie.
Cada uno envuelto en su silencio y soledad.

La sordera suele ir acompañada de la “mudez”.
No nos escuchamos, y por eso, tampoco nos hablamos.
Escuchamos los ruidos de la calle, no a la gente de la calle.
Caminamos como extraños.
Gritamos a los que nos estorban. Pero pasamos en silencio delante de las personas.

Es por ello que, viviendo en una sociedad de la comunicación, vivimos todos incomunicados. En una sociedad de ruidos, vivimos todos sin escucharnos.

Jesús mete sus dedos en los oídos del sordomudo y le toca la lengua con su saliva, con un grito que es como una oración: “ábrete”, “despégate”. Es como un decirnos a todos:
“Escúchense” los unos a los otros.
“Háblense” los unos con los otros.

“Escúchense” y “escuchen” a Dios que también habla.
“Hablen” entre ustedes y hablen con Dios, que también él espera su palabra.

Sociedad de sordos e Iglesia de sordos, donde tampoco sabemos escucharnos.
Sociedad de mudos e Iglesia de mudos, donde sólo algunos tienen derecho a hablar, porque nos imponen el silencio. Y donde sólo se nos permite decir “Amén” en la Misa.

Señor, quiero presentarte hoy, a todos los sordos que hay en los hogares.
Quiero presentarte hoy, a todos los sordos insensibles a las necesidades de los demás.
Señor, quiero presentarte hoy, a todos los sordos que llenan nuestras Iglesias.
Quiero presentarte hoy, a todos los sordos a tu palabra.

Y te pido que también en mi Iglesia hagamos hablar a todos. Que todos escuchen ese “Effetá”.
Que así como tu nos escuchas a todos, también en la Iglesia podamos escuchar y escucharnos <todos,
Que también hoy tú metas tus dedos en nuestros oídos y pongas tu saliva en nuestras lenguas. Pero en la de todos. Que tú seas hoy el otorrino que nos hace escuchar o hablar en esta mi Iglesia de sordos y de mudos.

Clemente Sobrado cp.