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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: La Transfiguración del Señor

Transfiguration bloch.jpg“Se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos blancos como la luz. Entonces Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: “Señor, es bueno quedarse aquí. Si quieres, haré tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa les cubrió, y salió de la nube una voz que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco, escúchenlo”. (Mt 17,1-9)

Todos tenemos momentos maravillosos en nuestra vida.
Todos tenemos momentos en los que Dios se transfigura delante de nosotros.
Todos tenemos momentos en los que Dios se hace sensible en nosotros.
Todos tenemos momentos en los que Dios pareciera estar de nuestra parte.
Como todos tenemos momentos de oscuridad.
Todos tenemos momentos en los que nos preguntamos ¿dónde está Dios?
Todos tenemos momentos en los que pareciera que nos ha olvidado.

Y todos tenemos la tentación de Pedro:
¿Qué bien nos sentimos ahora que todo nos sale bien?
¿Qué bien estamos ahora que no tenemos dificultades?
¿Qué bueno es ser cristiano ahora cuando no tenemos problemas?
¡Qué bien se está en una Iglesia sin problemas!
¡Qué bien se está en un mundo sin problemas!
¡Qué bien se está en una familia sin problemas!
¡Qué bien se está en una sociedad sin problemas!
¡Qué bien se está en una comunidad sin problemas!
Porque todos tenemos la tentación de instalarnos en lo cómodo.
Porque todos tenemos la tentación de quedarnos en lo fácil.
Porque todos tenemos la tentación de quedarnos donde estamos sin compromiso.
Porque todos tenemos la tentación de un cristianismo sin complicaciones.
Porque todos tenemos la tentación de un cristianismo sin problemas.

La transfiguración:
Es una experiencia de la belleza de Jesús.
Es una experiencia de la belleza de Dios.
Es una experiencia de la belleza de nuestra fe.

Pero no es un motivo para quedarnos disfrutando de Dios olvidándonos de los demás.
No es un motivo para ser cristianos indiferentes.
No es un motivo para ser cristianos que solo se contentan con su propia felicidad.
No somos contemplativos inútiles de Dios.
No somos contemplativos que solo pensamos en nosotros.
No somos contemplativos que solo piensan en su felicidad.
No somos contemplativos que solo piensan en ellos mismos y se olvidan del resto.
No somos contemplativos que se olvidan de ver los problemas de los demás.
No somos contemplativos que se olvidan del sufrimiento de los demás.

Somos cristianos:
Que solo nos buscamos a nosotros mismos.
Que solo pensamos en instalarnos en las alegrías de nuestra fe.
Pero que no queremos complicaciones.

Por eso mismo:
Jesús no acepta ese criterio de instalarse en lo cómodo.
Jesús no acepta ese criterio de instalarlos olvidándonos de los otros.
Jesús no acepta ese criterio de disfrutar de él y quedarnos a disfrutar su experiencia.
Jesús sabe que abajo están el resto de los discípulos.
Jesús sabe que abajo están los hombres con sus problemas.
Jesús sabe que abajo están los hombres con sus sufrimientos.
El Papa Francisco dice: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a sus propias seguridades”. “Hemos de salir hasta las periferias”.

Es bella la transfiguración porque nos revela un Jesús distinto.
Es bella la transfiguración porque nos revela a un Jesús “Hijo amado del Padre”.
Es bella la transfiguración porque el Padre declara a Jesús como su única palabra.

Pero la transfiguración no es una invitación a quedarnos solo nosotros a disfrutar de Dios.
La transfiguración no es una invitación a olvidarnos de los que nos necesitan abajo en el llano.
La transfiguración no es una invitación al intimismo.
Es una invitación a hacer la experiencia íntima de Jesús.
Pero también una invitación a hacer la experiencia del sufrimiento humano.
Es la invitación a expresar nuestro gozo con los que no han visto.
Es la invitación a comprometernos con los que viven lejos.
Se sube a la contemplación de Jesús, no para quedarnos ensimismados.
Sino para sentir nuevas fuerzas para identificarnos con los hombres.

Clemente Sobrado cp.

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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: La Presentación del Señor

“Cuando entraban con el Niño Jesús, sus padres para cumplir con lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, según tu promesa puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”. (Lc 2,22-40)

Presentación del Señor

Celebramos hoy la fiesta de la Presentación, que antes conocíamos con el nombre de “Purificación”.
De una fiesta mariana, hemos pasado a una fiesta cristológica.
La fiesta de las madres que ofrecen sus hijos a Dios.
La fiesta de las madres que agradecen a Dios el don de sus hijos.
La fiesta de las madres que reconocen que sus hijos son hijos a medias.
Pues tienen otro Padre que es Dios.
La fiesta en la que las madres:
Sacan a sus hijos de la cuna para presentarlo en público.
Sacan a sus hijos de la cuna para presentarlo en la Iglesia al mundo.
Sacan a sus hijos de la casa porque pertenecen también al mundo.
Sacan a sus hijos de la casa para mostrarlos al mundo.

Es la fiesta de la luz:
Jesús luz de las naciones.
Jesús luz de los pueblos.
Jesús luz que ilumina la historia.
Jesús luz que ilumina cada una de nuestras vidas.
Y que nosotros llamamos “fiesta de la Candelaria”, precisamente por las candelas que significan esa luz de Jesús para el mundo.

Es la fiesta de la esperanza.
Simeón había recibido la promesa de no dejar la vida sin ver al Salvador.
Toda una vida de espera.
Envejecer esperando.
Hasta que podemos contemplar lo nuevo en brazos de la viejo.
Podemos ver lo viejo florecido en lo nuevo.
Podemos de lo viejo no marchito por los años sino florecido por la realidad de la esperanza cumplida.

Yo la llamaría:
“Fiesta de la ancianidad”.
“Fiesta donde lo nuevo u lo viejo se unen un mismo abrazo”.
“Fiesta donde lo viejo presenta al mundo lo nuevo”.
“Fiesta donde lo nuevo hace canción la ancianidad”.

Me encanta lo que escribe Joel:
“Después de esto derramaré mi espíritu sobre todos:
Vuestros hijos e hijas profetizarán,
Vuestros ancianos soñarán sueños,
Vuestros jóvenes verán visiones.” (Jl 3,1-5)

Una visión del futuro florecida en esperanzas.
Los hijos profetizarán.
Pero los ancianos “soñaran sueños”.
Y los jóvenes tendrán visiones.

Niños, jóvenes y ancianos actores de la historia.
Una visión esperanzada de nuestros ancianos.
Que en vez de vidas gastadas todavía son capaces de soñar sueños.
Que en vez de vidas inútiles todavía pueden iluminarnos con sus sueños.
Que en vez de vidas que nosotros retiramos al almacén de los inútiles, todavía son capaces de soñar, de tener sueños de futuro.

Saludemos hoy a María y José que nos regalan al Niño.
Saludemos hoy al Niño que se nos presenta por primera vez como luz del mundo.
Saludemos hoy a nuestros ancianos y nos regalen sus sueños.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Bautismo de Jesús

Escucha aquí la homilía dominical: http://bit.ly/homilias.

“En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”. (Mt 3,13-17)

Bautismo de Jesus

Primero fue la encarnación de Dios en un pesebre.
Luego fue la Epifanía de Dios a la humanidad.
Ahora es la nueva Epifanía de Jesús como “Hijo amado, predilecto del Padre”.
Tres experiencias unidas:
Un bautismo general que lo hace solidario con los pecadores.
Un Jesús orante mientras es bautizado.
El cielo que se abre.
El Espíritu Santo que lo ilumina.
La confesión del Padre que lo reconoce como el Hijo amado.
La experiencia de la cercanía de Dios al hombre.
La experiencia del cielo abierto al hombre.
La experiencia de Dios que habla a través del Hijo.

El bautismo no es un simple rito en el que se nos derrama agua en la cabeza.
El Bautismo es una experiencia que solo se puede vivir en oración.
El Bautismo es llenarnos del Espíritu Santo.
El Bautismo es la experiencia de nuestra filiación divina.

En el bautismo quedamos marcados y sellados por la experiencia
De nuestro nuevo Padre: Dios.
De un nuevo amor que va más allá del amor de los padres.
Es la experiencia de la alegría de Dios de vernos nacer a su vida divina.
Es la experiencia de un nuevo rostro de Dios.
Es la experiencia de un Dios que es Padre.
Es la experiencia de una nueva religión: la del amor.
Es la experiencia de un nuevo modo de vivir: como hijos.
Es la experiencia de un nuevo hogar: todos hermanos.

Ser cristiano es mucho más que saber que nos bautizaron con agua.
Ser cristiano es vivir la experiencia de sentirnos solidarios con todos los pecadores.
Ser cristiano es vivir la experiencia de sentirnos habitados por el Espíritu Santo.
Ser cristiano es vivir la experiencia de sentirnos amados y predilectos de Dios.
Ser cristiano es vivir la experiencia festiva de una religión de amor y no de la ley.
Ser cristiano es vivir la experiencia la nueva “imagen y semejanza” con Dios.

Cuando nacemos todos buscan nuestros parecidos:
Se parece a su padre.
Se parece a su madre.
Y ¿cómo no? también hay que darles algo a los abuelos.
Y esperemos que alguien no se le ocurra buscar parecidos con los primos.

Cuando Dios nos creó también hizo algo parecido: “Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra”.
Ahora en el Bautismo hay una nueva semejanza y parecido: el Espíritu nos hace hijos amados y predilectos de Dios.
Llevamos la imagen creacional de Dios.
Llevamos la imagen bautismal de Dios.
Levamos dentro toda una sinfonía de amor y de gracia.
Lo importante en nuestra vida es tener:
Una experiencia fundamental.
Una experiencia esencial.
Una experiencia que nos condicione.
Una experiencia que sea el punto de referencia de nuestras vidas.

Y esta experiencia no es otra que la de:
Sentirnos hijos de Dios.
Sentirnos los amados y predilectos de Dios.
Sentir que, alguien nos ama de verdad.
Sentir que, para alguien somos importantes.
Sentir que, para nosotros, vivir es ser amados y amar.

Clemente Sobrado cp.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote

“Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos y les dijo: “He deseado Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdoteenormemente comer esta comida pascual con vosotros, antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer, hasta que se cumpla en el reino de Dios”.(Lc 22,14-20)

Cada año, el jueves después de Pentecostés, la Liturgia celebra la fiesta de Jesucristo, Sumo y eterno sacerdote”. Una de las fiesta recientes aprobadas por la Santa Sede e incluida en el Calendario Litúrgico en 1974.
Para algunos tiene una intencionalidad. Es el momento en que comienza la crisis del abandono sacerdotal. Y pretendía de alguna manera revalorizar el “sacerdocio”. No es mi intención buscar aquí las motivaciones. Me interesa más el hecho mismo de Jesús compartiendo la Ultima Cena con sus discípulos.

Es la cena de despedida.
La hora de Jesús está ahí mismo esperando a la puerta.
No se trata de ninguna de esas cenas de restaurante donde cada uno pide a la Carta.
Se trata de un momento de gran intimidad de Jesús con los suyos.
Por eso mismo Jesús les dice que “He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros, antes de padecer”.
Es un momento de intimidad.
Es un momento de desahogo de Jesús con los suyos.

Es posible que:
En el corazón de Jesús hubiese todo un mundo de sentimientos reprimidos.
En el corazón de Jesús hubiese todo un mundo de sentimientos que necesitaban brotar como brota el agua del manantial.
Los discípulos conocían a Jesús por fuera.
También muchos de sus sentimientos para con aquellos necesitados a los que curaba.
En la Ultima Cena Jesús fue muy expresivo sentimentalmente con ellos.
Dentro de su corazón había todo un volcán de sentimientos.
Dentro de su corazón había todo un mundo de afectos que querían expresarse.
Dentro de su corazón había un mundo de cariño, de ternura, que ellos no habían experimentado.
De ahí que Jesús “desease enormemente comer esta comida pascual con ellos, antes de que llegase el momento fatal”.

El texto de Lucas relata la institución de la Eucaristía en el sacramento del pan y del vino.
Y relata también la misión sacerdotal de que sean también ellos, los que luego sigan celebrando este momento “haced esto en memoria mía”.
Es lo que nosotros llamamos la “institución del sacerdocio”.
Pienso que fue Juan el que más impactado quedó de aquella Ultima Cena a la que le dedica como cinco o siete capítulos.

Digamos que es el momento:
En el que Jesús, por fin habla de sí mismo.
En el que Jesús, se expresa a sí mismo.
En el que Jesús, manifiesta sus sentimientos hacia ellos.
En el que Jesús, les abre su corazón.
En el que Jesús, les permite entrar dentro de su corazón.
En el que Jesús, les deja verlo por dentro.

Es la hora de perpetuar su memoria.
Es la hora de perpetuar su amor, como dice Juan muy gráficamente: “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”.
Es la hora del calor del corazón.
Es la hora de la ternura y del afecto de su corazón.
Ya no es tanto la hora del “maestro”, que sí lo es.
Sino la hora del enamorado de los suyos.
Sino la hora del enamorado de los hombres que creerán en él.
En Juan parece una Cena eterna que no acaba nunca.
Una Cena en la que solo habla El y todos escuchan en silencio.
Una Cena en la que como rocío nocturno sus corazones se van empapando de los sentimientos de Jesús.

Estoy pensando en mi sacerdocio y el de mis hermanos.
Un sacerdocio que no puede quedar reducido solo al sacramento de la “memoria”.
Sino ese sacerdocio del amor a los fieles.
Sino ese sacerdocio de compartir nuestros sentimientos con nuestros fieles.
Sino ese sacerdocio de no solo entrar en los sentimientos de nuestros fieles sino en dejarles que ellos entren en nuestros corazones y sientan el calor de nuestro afecto y nuestro cariño y ternura.
El sacerdote no puede ser ese ser lejano distanciado del pueblo, sino como dice el Papa Francisco: debe ir por delante, en medio y detrás del rebaño. Y ser la expresión y testimonio de la misericordia de Dios.
El que, día a día, comparte los sentimientos del pueblo y comparte sus sentimientos con el pueblo.

Me encantaría que cada sacerdote pudiéramos tener los mismos sentimientos de Jesús y confesar a nuestros fieles antes de cada Eucaristía: “He deseado enormemente comer esta cena pascual con vosotros”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: La Exaltación de la Santa Cruz

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. (Jn 3,13-17)

Todos tenemos miedo a la Cruz.
Y sin embargo es el gran signo:
Del misterio de Dios.
De cómo ve Dios al hombre.
De la gran esperanza del hombre.

Cuando Dios quiere decirse al hombre, no encuentra mejor que expresión que el amor.
Cando Dios quiere decirle algo al hombre, lo mejor que puede decirle es cómo lo ama.
Cuando Dios quiere decirle al hombre lo importante que es, le muestra la a Cruz y a su Hijo crucificado.

La cruz es expresión de amor y de vida.
Es la medido de cómo nos ama Dios.
Dios no ama de cualquier manera.
Dios nos ama entregándonos a su propio Hijo.
Que es quien se entrega a sí mismo.
Por eso, mirar a la cruz, es sentir: “así ama Dios”.
Quien quiera encontrar a Dios no tiene lugar más seguro que la Cruz.
Es la máxima expresión de su amor.

Nos han hecho llorar mucho viendo los sufrimientos de la cruz.
¿Nos habrán hecho sentir tanto el amor de Dios manifestado en la cruz?

Nos han amenazado demasiado con la condenación.
Dios empeñado en salvarnos.
Y nosotros empeñamos en tener miedo que nos condene.
Dios no quiere nuestra condenación.
Dios quiere que todos se salven y nadie se condene.
Y si encarnó a su hijo y lo dejó crucificar ha sido para salvarnos.
Dios hace lo imposible para que ninguno de nosotros se condene.
Yo no puedo creer en un Dios que me condene.
Por eso me encanta la respuesta del que fue Cardenal Martín:
“Eminencia, ¿usted cree en el infierno?”.
En el infierno sí creo.
Pero de lo que tengo duda es que haya alguien en él”.

Porque si Dios utiliza todo su amor para salvarnos, ¿quién podrá condenarnos?
No vivimos con miedo a la condenación.
Vivamos con la gozosa esperanza de la salvación.
No vivamos con miedo al infierno.
Vivamos con la ilusión y esperanza del cielo.

Pablo lo entendió muy bien cuando se pregunta a sí mismo:
¿Y quién me ha de juzgar?
Y se responde él mismo:
El mismo que murió por mí”.

Si llevamos una cruz colgada al cuello que sea como la expresión de que estoy salvado.
Si miramos una Cruz sea con ojos de salvación.
Sé que a veces nos cuesta la fe en él.
Pero el amor que Dios me tiene es mucho más grande que mis dudas.
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para juzgar al mundo sino para que el mundo se salve por él”.

La mayor ofensa a Dios es no creer en su amor.
La mayor ofensa a Dios es no creer que me salvará.
“La fe es creer que Dios me ama”,

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 18 a. Semana – Ciclo C

La Transfiguración del Señor

“Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. Pero y sus compañeros se caían de sueño, y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras estos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: “Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”: Una voz desde la nube decía: “Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle”. (Lc 9,28-36)

Apostaría a que en ninguna casa falta uno o varios espejos.
Y no es el objeto que menos utilicemos.
¿Quién no se mira cada mañana y hace su pequeño tarrajeo?

Yo estoy segurísimo:
De que por fuera nos conocemos de memoria.
De que por fuera nos sabemos las caras de medio mundo.

Pero tengo mis serias dudas:
¿Cuánto tiempo hace que no nos miramos por dentro?
¿Cuánto nos conocemos por dentro?
¿Cuánto nos recreamos en lo que somos por dentro?
¿Cuánta alegría sentimos mirándonos por dentro al corazón?

Los discípulos conocían perfectamente a Jesús por fuera.
Pudieran pintar de memoria su rostro.
Pero ¿conocían de verdad a Jesús?
Porque cuando Jesús se deja transfigurar y se deja ver por dentro a través de los velos humanos:
No solo se transforma Jesús.
También se transforman ellos.
También cambian ellos: “Maestro, qué bien que se está aquí”.

Es que la verdad de Jesús, como la nuestra:
No la vemos en el espejo.
No la vemos desde afuera.
No la vemos por fuera.
Su verdad y la nuestra la llevamos por dentro.

¿Has visto alguna vez la verdadera belleza del corazón de tu esposa?
¿Has visto alguna vez la verdadera belleza del corazón de tu esposo?
¿Has visto alguna vez la verdadera belleza del corazón de tus hijos, de tus amigos, de tus vecinos o compañeros?
¿Alguna vez os habéis dicho los unos a los otros: “Qué bien me siento aquí contigo”?
De ordinario nos quedamos con la finura de nuestra piel.
Con esas medidas estéticas que nos presentan los concursos de Miss.

A propósito: siempre hacen concursos de Belleza: “Miss Perú”. “Miss Universo” y “Miss mundo”.
¿Alguien quiere echarme una mano a crear “Miss corazón”?
Ya sé, no voy a tener candidatos ni para ayudarme ni que se presente.
Va ser todo un fracaso.
Y sin embargo, pienso que sería el concurso más bello.
“Concurso universal de Miss corazón”.
“Concurso de Miss corazón mundo”.

¿Tú te atreverías presentarte?
Y sin embargo, estoy convencido que lo más bello y hermoso que llevas es tu corazón.
Ahí no funcionan las medidas.
Ahí funciona la belleza y hermosura de tu corazón.
Puede que físicamente no dieses la talla para concursar.
Pero estoy seguro que sí darías la talla para la belleza de tu corazón.
Porque al fin y al cabo, lo que nos define es:
La belleza de tu bondad,
La belleza de tu sinceridad.
La belleza de tu amor.
La belleza de tu solidaridad.
La belleza del Dios que te habita: “Y vendremos a él y moraremos en él”.

Señor: perdona a los que siempre vemos solo nuestro cuerpo.
Señor: perdónanos a los que solo nos miramos al espejo.
Señor: perdónanos a los que no tenemos tiempo para mirarnos por dentro.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Pascua: Segundo Domingo de Pascua – Ciclo B

“Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús… A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos”. (Jn 20,19-31)

El Domingo de Pascua fue el domingo de los sepulcros vacíos y la competencia de las carreras. Este segundo domingo es el domingo de los regalos pascuales.
El regalo de la paz, como reconciliación de Jesús con los suyos.
El regalo del Espíritu Santo, que los recrea en los hombres nuevos.
El regalo de la misión, por la que los hace continuadores de su obra.
El regalo del poder de perdonar, como expresión del amor pascual de y en la comunidad.
Por eso Juan Pablo II lo declaró el “Domingo de la divina misericordia”.

Durante la Pasión le fallaron prácticamente todos.
Unos se dieron a la fuga o se escondieron. Nadie dio cara por él.
Otro lo negó abiertamente, negando ser su discípulo e incluso no conocerle.
Por eso, en la Pascua:
Se sienten avergonzados y temerosos. Les da miedo su presencia.
Y lo primero que Jesús hace es devolverles la alegría de la reconciliación regalándoles el don de la paz y del perdón.
Además es preciso reconstruirlos por dentro. Y les regaló el don del Espíritu Santo. Los recrea. Si en la creación Dios sopló en las narices de Adán haciéndolo un ser viviente, ahora sopló sobre ellos, regalándoles no solo el don de la vida sino su propio Espíritu. Les hace los “hombres nuevos de la Pascua”.
Y les regala la confianza de encomendarles la continuación de la misión que el Padre le había encomendado a El.
Pero Jesús es consciente de que, a pesar de todo, siguen siendo hombres débiles y frágiles y le deja el maravilloso don del perdón, capaz de reconstruirlos cada vez que la debilidad los gane.

Ahí está constituida la nueva comunidad pascual.
Una comunidad en torno a la presencia de Jesús.
Una comunidad llamada a vivir de la experiencia del que lo dio todo por ellos. Sus llagas serán en adelante la mejor expresión de la identidad entre el crucificado y el resucitado.
Una comunidad animada por el mismo espíritu de Jesús. Que no solo vive de su presencia sino que vive su mismo espíritu.
Una comunidad no encerrada sobre sí misma, sino abierta como él al amor universal para con todos los hombres.
Una comunidad de amor, capaz de perdonar y recrear cada día a sus miembros.

Es la comunidad testigo de la Pascua.
Es la comunidad pascual.
Es la comunidad del Resucitado.
Es la comunidad del Espíritu Santo.
Es la comunidad de la misión y del perdón.
Es la comunidad, lugar del encuentro con el Resucitado.
Por eso, Tomás, que no está en la comunidad se niega a creer en el Resucitado. Pero también a él lo rescata Jesús. Y le hace proclamar públicamente, en la comunidad, su fe en El.

Jesús no creó unas estructuras en las que la nueva comunidad pudiera moverse y organizarse. Jesús creó un dinamismo interno, capaz de movilizar la nueva comunidad.
La Iglesia no es más Iglesia por su organización y su estructuración, que, puede ser necesaria. Pero la organización no la hace Iglesia. La Iglesia tiene una organización, pero es una vida. La organización es como el cauce del río, pero la ella es el río mismo.
La Iglesia es Iglesia por el Espíritu que la habita.
Sin Espíritu no hay Iglesia.
La Iglesia es Iglesia por vivir en estado de misión.
Sin misión no hay Iglesia.
La Iglesia es Iglesia para amar y perdonar.
Sin amor y sin perdón no hay Iglesia.
La Iglesia es Iglesia por decir que “lo ha visto” y lo testimonia.
Una Iglesia que “no lo ha visto” no es Iglesia.
La Iglesia es Iglesia cuando es capaz de recuperar a los que dentro han fallado.

Pensamiento: El cauce sin agua es un río seco. Es un simple recuerdo del río que fue y ya no existe.

Clemente Sobrado C. P.

Estamos necesitados de ateos

Domingo 2 B – Pascua

Resulta extraño escuchar en el Evangelio de este segundo domingo de Pascua a Tomás confesando ante la comunidad su incredulidad; “si no meto mis dedos en sus llagas, no lo creo”.
Al pobre Tomás le hemos colgado muchos sambenitos: “positivista, escéptico, ateo”.
No justificamos la incredulidad de Tomás, al no creer en el testimonio de la comunidad. Pero sí justificamos, al menos, su sinceridad.
Tendríamos que preguntarnos si muchos de los que hoy se dicen creyentes lo son de verdad. Y si muchos que llamamos “ateos” lo son realmente.

Si a alguno de nuestros cristianos creyentes que cada domingo van a misa, alguien se atreve a llamarles “ateos”, a buen seguro que les damos un tremendo disgusto, y hasta es posible que nos quiten el habla por buen tiempo.
¡Ateo, yo…!
Pues, mira por dónde, el primer título y acusación que se dio a los cristianos fue precisamente el de “ateos”.
En las actas del Martirio de San Policarpo, Obispo de Esmirna, a principios del siglo II, se dice cómo la turba pide a gritos su cabeza gritando: “¡Mueran los ateos!”
Y San Justino se da por aludido con esta acusación y escribe: “He aquí que se nos da el nombre de ateos, y, si de esos supuestos dioses se trata, ciertamente, confesamos ser ateos”.
Nosotros somos demasiado creyentes. Lo creemos todo:
Creemos a la que nos echa las cartas.
Creemos a los que reemplazan el Espíritu por las energías cósmicas.
Creemos a los que nos hacen depender de los astros, en vez de la Providencia de Dios.
Creemos a los que nos ofrecen esas religiones de paz sicológica.
Creemos en el “Dios poder”.
Creemos en el “Dios éxito”.
Creemos en el “Dios tener”.
Creemos en el “Dios que nos castiga”.
Creemos en el “Dios que quiere que suframos”.
Creemos en el “Dios que nos envía el cáncer”.

Hoy nadie podrá tacharnos de ateos porque, todos los dioses, los pequeños y los grandes, entran en nuestra fe. Hoy no rechazamos a ninguno de esos dioses que están en venta en los escaparates: el Dios consumo, el Dios sexo, el Dios pornografía, el Dios video.

Los primeros cristianos eran considerados “ateos” porque se negaban a creer en las falsas divinidades, en los falsos dioses del paganismo griego y romano.
En cambio hoy, cristianos y paganos, vamos teniendo los mismos dioses. Es posible que, como cuando Pablo entra en el areópago y descubre aquel nicho vacío “para el Dios desconocido”, también en el areópago de nuestro corazón haya un lugar “para el Dios desconocido”, para el Dios en el que, por otra parte, decimos creer: el verdadero Dios. Nuestro Dios, en medio de todos los demás dioses. Pero como el “Dios desconocido”.

A decir verdad, ateo no es el que niega a Dios. El verdadero ateo es aquel que “cree en dioses falsos”. Y auténtico creyente es el que se niega a creer en “estos dios falsos”.
Hoy necesitamos más cristianos “ateos”.
“Ateos” que se niegan a creer en las falsas divinidades de nuestra cultura.
“Ateos” que se niegan a creer que todo depende del progreso.
“Ateos” que se niegan a creer que todo depende del poder y del tener.
“Ateos” que hacen un discernimiento claro y saben diferenciar entre el verdadero Dios y los falsos dioses.
“Ateos” que se niegan a creer en un Dios que sólo está encerrado en un templo y prefieren creer en ese Dios de la revelación que está en el templo, en las plazas, en casa, en la playa.
O como diría el profeta Zacarías : “En aquel día los cascabeles de los caballos y las ollas de las casas serán tan santos como los vasos sagrados del templo”. (Zac 14,20-21)
Y que, en palabras de Orígenes, “el santuario no hay que buscarlo en un lugar, sino en los actos, en la vida, en las costumbres. Si son según Dios, si se cumplen conforme a su mandato, poco importa que estés en tu casa o en la plaza, ni siquiera importa que te encuentres en el teatro; si vives al Verbo de Dios, tú estás en el templo, no lo dudes”. Personalmente añadiría: “porque tú mismo eres su mejor templo”.

Gracias, Tomás, porque con la incredulidad que te impide creer en el testimonio de tu comunidad que te anuncia al resucitado, nos obligas a nosotros a preguntarnos si en nuestra fe no habrá mezclado mucho de ateismo.
Tendremos que creer en el testimonio de los que “lo han visto”. Pero también tendremos que discernir si todos los que hablan de él lo han visto de verdad.

Pensamiento: Saber discernir no es ser ateo, sino querer ser un creyente consciente.

Clemente Sobrado C. P.