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La almohada para las rodillas

Una de mis primeras experiencias recién ingresado al seminario, fue cuando me acerqué a confesarme con el P. Honorio. Era invierno y hacía frío. Le pedí me confesara. Me llevó a su cuarto y, lo primero que hizo, fue tomar la almohada de su cama y ponérmela para que yo me arrodillara en ella en vez hacerlo en la madera fría.

Los niños no suelen entender mucho de ideas.
Pero los niños entienden mucho de gestos, de actitudes. Sobre todo, entienden mucho esos gestos inesperados, en los cuales ni se te ocurre pensar. Me sentí tan bien con él que, en adelante lo tomé como mi confesor.
Me sentí acogido.
Me sentía valorado, respetado.
Francamente no me sentía un penitente que tiene que humillarse y aguantar la reprimenda del confesor.
Desde entonces, la confesión se me hizo siempre algo muy fácil.
Hasta diría que esperaba el día de confesarme.

Las primeras experiencias de los niños suelen ser fundamentales.
Son las que más se gravan en el corazón del niño.
Y son las que precisamente nunca se olvidan.
Entran a formar parte de su personalidad.
Yo, personalmente, quedé marcado por ese gesto tan sencillo, si se quiere, pero para mí de tanta importancia.

Supongo que será por eso que, a lo largo de mi sacerdocio, cuando me meto al confesionario, me siento un tanto a disgusto, al verme a mí sentadito y a la gente arrodillada incómodamente y escondida detrás de una rejilla.
Por eso mismo, cuando me toca confesar, fuera del confesionario, me gusta tomar a la gente de la mano.
No es nada.
Pero es la manera de hacerle sentir el calor de Dios que los recibe y les ofrece el abrazo que le regaló al hijo pródigo.

Creo que, hemos rodeado de demasiada sombra y oscuridad, precisamente al sacramento de la alegría y de la fiesta.
Nos acercamos a Dios, cargados de nuestra miseria humana, y lo hacemos como reos esposados llevados al tribunal.
Y para Dios, el perdón es siempre una fiesta.
Para Dios, el perdón es el momento más gozoso de su corazón.
Porque, para Dios, el perdón es:
Amarnos cuando no lo merecemos.
Amarnos cuando nadie nos amaría si conociesen de verdad nuestras vidas.
Amarnos y hacernos sentir el gozo de su amor.

Mientras no descubramos la “fiesta del perdón” o el “perdón como fiesta”, no será fácil que vivamos la verdad del sacramento de la penitencia. En la confesión, nadie tiene derecho a humillarnos. Humillado llegó a casa el hijo pródigo, y hasta había preparado su sermoncito para darle explicaciones a su padre.
El Padre gozaba con la presencia del hijo que volvía a casa.
Y pensaba en la fiesta.
Y su corazón se hizo fiesta.

Un amigo mío, con cierto humor clerical, solía decir: “que cuando yo me vaya a confesar, me encuentre con el Padre y no con el hermano mayor”. Y es posible que, a veces, nos encontremos en el confesionario con el mayor, y no precisamente con el Padre.
¿Y quién tiene derecho a arrogarse el derecho del hermano, si no ha entendido el corazón del Padre?
Para confesar es preciso ser primero “Padre”.
Y quién no ha pasado por la experiencia del Padre, que renuncie a confesar.
Le haría un mal favor al sacramento.

Me encantó lo que el Papa Francisco dijo a los sacerdotes, creo que de Roma: “Si cuando confiesan, no son capaces de hacer sentir la alegría de la misericordia de Dios, mejor le piden a su Obispo que los ponga en una oficina, a escribir documentos”.

Clemente Sobrado cp.

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Los vitreaux de mi Iglesia

Virgen del Pilar

Llevo más de cuarenta años en esta Iglesia. Día y noche estoy entrando y saliendo. Y las cosas pasan desapercibidas. Las miramos y nos las vemos.

Ayer por la noche sentí como un pequeño escalofrío. Sentado en mi confesionario miré a los vitreaux y al rosetón de una de las capillas. Sorpresa. Eran como una mancha negra. Como si alguien hubiese borrado de ellos esos colores brillantes de sus vidrios. La Iglesia estaba iluminada. Pero las vírgenes de los ventanales y los cuadros de la Oración del Huerto y la Pasión del rosetón, estaban oscuros, y sin luz. Daba la impresión de que alguien los hubiese borrado y manchado de tinta.

Esta mañana, regreso para hacer mi oración y la luz ya comenzaba a iluminar el amanecer. Y con ella, mis ventanales y mi rosetón volvían a recuperar sus colores. Las Vírgenes volvían a ser Vírgenes y la Oración del Huerto volvía a recuperar la brillantez del color.

Podrá parecer extraño pero esta mañana hice mi oración pensando en los colores de mis Vírgenes y de mi Rosetón… Y algo comenzó a iluminarse dentro de mí. ¿No es ésta una experiencia de la vida y de la fe?

¿Qué otra cosa es la fe sino la capacidad de ver las cosas iluminadas desde el otro lado, desde la otra orilla? Cuando las cosas, los acontecimientos, los problemas los contemplo tan sólo desde mi, me parecen un muro infranqueable detrás del cual sólo está el vacío.

Si miro la muerte desde este lado de mí y no desde el lado de Dios, la muerte es el final.
Si miro esta desgracia desde este lado donde yo me sitúo y no la ilumino desde el otro lado se convierte en la terrible interrogante del “¡por qué”!
Si miro el mundo sólo desde mi orilla del tiempo y le privo de la luz de la eternidad que está al otro lado del río, todo se me antoja absurdo.

Ahora comienzo a comprender el pensamiento existencialista que nos ha dominado durante años: “la vida es un absurdo”, sólo nos queda “vacío, la nada y la nausea” de Paul Sartre.

Mis vitreaux de la Iglesia para ser vistos en toda su belleza es preciso que detrás de ellos haya luz. Su belleza está ahí. Pero sin luz a la otra parte, es una belleza que no se ve. Sus colores están ahí. Pero sin el sol que alumbra al otro lado de los muros, en la calle, son colores sin color.

La cruz, vista sólo desde el Viernes Santo, es un absurdo. La muerte de un inocente nunca podrá tener sentido para nosotros. Necesita la luz de la Pascua que está al otro lado de la cruz.
El mundo, visto desde el mundo, es un globo que da vueltas sobre sí mismo. Necesita la luz de Dios que alumbra al fondo de todo.
La Navidad, vista desde esta parte, no es sino un niño pobre en un pesebre. Pero iluminada desde el otro lado que es Dios, la Navidad es la encarnación que hace a Dios hombre.

La fe nos enseña a mirar no tanto de frente a las cosas, sino a mirarlas por la espalda, a mirarlas desde atrás. Y entonces la fe se convierte en esa luz que las ilumina, que les devuelve el brillo y el color.
Y lo que antes parecía puro negro, ahora se convierte en la magia del color.
Lo que antes se veía como algo absurdo, ahora vemos que todo tenía sentido, todo tenía armonía.

Ahora ya sé. Si alguien me pregunta qué significa “creer” mi respuesta es muy simple: tener la capacidad de ver las cosas por detrás. O también: “creer” es poner luz detrás de cada acontecimiento de la vida.

Clemente Sobrado cp.

La caridad anónima

Flickr: adrianivan

De tiempo en tiempo, me está llegando una cartita. Dentro, un billete de 100 soles. La última traía 50 dólares. Y una notita: soy una anciana paralítica… Ya que yo no puedo hacerlo, le ruego que usted haga llegar esto a algún pobre necesitado.

El caso es que no conozco a esta anciana paralítica que no puede salir de casa, pero cuyo corazón sabe mirar fuera y ver que hay hermanos más necesitados. Y como sus manos no pueden hacer llegar esta ayuda, utiliza el correo y utiliza mis manos.

Hay quienes tienen los pies y las piernas paralíticas.
Pero no el corazón. Su corazón sigue caminando por los caminos de la vida y encontrándose con otros corazones igualmente anónimos.
Es curioso. Corazones que no se conocen y sin embargo se aman.
Corazones que no saben el uno del otro, y que sin embargo mutuamente se animan, se reavivan y se alegran.
Cuando hago la entrega de esos dinerillos, me siento como un puente entre esas dos orillas: la orilla del amor y la orilla de la necesidad. Y entre esas dos orillas, sigue corriendo el río del anonimato de la caridad. La verdad que me resulta simpática esta encomienda.

Las noticias de cada día nos hacen pensar que todo está podrido y que, donde quiera metamos la mano todo huele. Cada día me estoy convenciendo que dondequiera metamos la mano uno va encontrando todavía cosas demasiado buenas, corazones muy grandes, como para ser noticia en la página de un periódico.
Hay corazones que no caben en los periódicos, ni en la pantalla chica del televisor. En esas páginas y en esa pantalla cabe lo pequeño, la basura diaria, pero no la grandeza de corazones anónimos, como el de esta señora

Además sucede una cosa.
La basura la ve todo el mundo.
La grandeza del corazón no es que sea menos visible.
Sencillamente tenemos menos sensibilidad para verla.
Si hoy, en vez de leer tanto o ver tanto TV, nos dedicásemos a ver la cantidad de cosas buenas que acontecen a nuestro alrededor, de seguro que nos quedaríamos sorprendidos.

En mi jardín suelo pasarme largos ratos contemplando los pajaritos.
Vienen, se pasean por todo el jardín picoteando aquí y allí, siempre encuentran algo.
Allí donde yo no veo nada, ellos van encontrando el alimento del día.
Allí está, entre la hierba, o en el polvo de la tierra.
Da gusto verlos partir felices, luego de su suculenta comida.

A veces siento ganas de ser uno de esos pajarillos amarillos o negritos o simplemente oscuros que le deben la vida a mi jardín.
Me gustaría pasar por las calles viendo lo que los demás no ven, sintiendo lo que los demás no sienten.
Me viene a la mente el encuentro entre Dios y Abrahán antes de la destrucción de Sodoma y Gomorra. ¿Y si hubiese cincuenta justos, o cuarenta, o treinta, o veinte o diez o cinco, o simplemente uno…?
Yo estoy segurísimo de que Dios tiene que salvarnos a muchos por un corazón anónimo que en vez de encerrarse en la parálisis del cuerpo, en vez de enfadarse con él, porque no la cura, es capaz de compartir lo poco o lo mucho que tiene.
Lo mejor no siempre es lo más visible…
Lo mejor no siempre aparece en las primeras páginas.
Lo mejor no siempre tiene voceros.
Lo mejor no siempre busca votos.
Nadie duda de la basura que hay.
Pero necesitamos conocer también la bondad que se esconde detrás de tantos corazones anónimos.

Clemente Sobrado cp.

Tú no necesitas tantas cosas

“Lo que necesita verdaderamente el hombre es otra cosa. Que un experto en humanidad haga el estudio de las verdaderas necesidades.
A lo mejor no son muchas, pero pueden ser profundas.
El hombre no tiene muchas necesidades, pero tiene mucha necesidad.
El hombre necesita mucho, no muchas cosas.

Necesita de hombres, no de cosas.
Necesita de amigos, de presencias, de sonrisas, de cariño, de esperanza.
Precisa de encuentros, de sentimientos, de ideales. Necesita de humanidad.
Por tanto, desnúdate de cosas y vístete de humanismo.
Que tus manos están vacías, pero que tu corazón esté lleno de nombres.
No colecciones tesoros, sino amigos.
No atesores acciones, sino relaciones.
No multipliques intereses, sino personas.
Que tus manos se gasten en estrechar y en compartir”.

Lo acabo de leer en “Parábolas como dardos” de S. Monge. Y la verdad que, me sentiría mal si no lo comparto contigo hoy, porque pienso que nos abre un horizonte nuevo delante de nuestros ojos.
El mundo no anda mal por falta de cosas, sino por falta de personas.
El mundo no anda mal por falta de electrodomésticos, sino por falta de calor en el hogar.
El mundo no anda mal por falta de riquezas, sino por falta de humanismo.
Cada comienzo de año todo el mundo se compra o regala Agendas.
Agendas de oficina.
Agendas de bolsillo.
Agendas bíblicas.
Agendas litúrgicas.
¿Quién no comienza el año con una Agenda…?

Agenda

Flickr: KynaB

Me gustan las Agendas y me dan miedo las Agendas.
Me gustan las agendas:
Porque en ellas escribimos nombres, apellidos, direcciones.
Porque en ellas escribimos cumpleaños, aniversarios, acontecimientos.
Porque en ellas escribimos números de teléfonos de amigos, familiares etc.
Porque en ellas escribimos mucha historia humana.
¡Cuánta humanidad se escribe en las Agendas!
¡Cuánto calor humano se escribe en las Agendas!
¡Cuánta amistad se escribe en las Agendas!

Una Agenda es como si, a comienzos de año, tuviésemos miedo a olvidarnos de nuestros sentimientos humanos, de nuestras relaciones humanas y amistosas.

Pero también siento miedo con las Agendas.
A veces, se me antoja que son pequeños almacenes de nombres, de direcciones, de obligaciones que hay que “cumplir” a lo largo del año.
Porque, fíjese usted que se le cuele por ahí el “cumpleaños de la suegra”…
O el aniversario del día en que “nos enamoramos”…
“Cariño, ¿sabes qué día es hoy?”
“Hoy, hoy es jueves…”
Ya le han amargo el día a la señora…
“Tengo un marido tan despistado que ni se acuerda del día que nos enamoramos…”

Aún así, sigo siendo partidario de las Agendas. Porque son, a lo largo del año, como despertadores portátiles que avisan para que alguien nos recuerde y no se olvide de nosotros.
Y hasta diría que son una manera de no olvidarse de nosotros cuando muramos, porque alguien recordará que, hace tantos años, que pasamos a la “casa del Padre”.
Y es posible que, gracias a la Agenda, ese día, alguien se acuerde de hacer una oración por nosotros.

Clemente Sobrado c.p.

A Dios le gustan los helados


Flickr: larrazun

Aquel día, Carlitos llegó sudoroso del colegio. Había jugado a fútbol y hasta se había permitido el lujo de anotar un gol para su equipo. Nada más regresar a casa, lo primero en que pensó fue en comerse un helado. Abrió el frigidaire y vio que no había más que dos ricos helados.

Cuando regresó la mamá, también pensó en mitigar su calor con alguno de los helados que había dejado antes de irse. Pero alguien se le había adelantado.

– ¿Quién se comió los helados?
– Yo, mami.
– ¿Los dos?
– Sí, mamí. Tenía mucho calor y mucha sed.
– ¿Y no sabías que Dios te estaba mirando cuando los cogías?
– Sí, mami.
– ¿Y Dios no te dijo nada?
– Sí, mami. Yo cuando vi a Dios a mi lado, le dije: ya ves, no hay más que dos. Así que, uno para ti y otro para mí.
– ¿Y qué te contestó Dios?
– No, hijo, a mí me gustan mucho los helados, pero prefiero que te los comas tú que estás sudando mucho.
Y me los comí yo solo. El de Dios y el mío. (Leído en J.L.M.Descalzo)

La mamá no supo que responder. Esta vez su argumento no le servía. De ordinario, trataba de controlar a su hijo con el miedo de que, “Dios ve todo lo que haces, y luego te castiga”. Pero esta vez, Dios se había puesto del lado de Carlitos. Es más, se había hecho cómplice de la picardía del niño.

¿Por qué usaremos a Dios siempre como un argumento para imponer nuestros criterios, nuestros mandatos o nuestros gustos? Utilizamos a Dios como el “coco de los niños”.
“Dios te ve”.
“Dios te va a castigar”.
“Dios se va a entristecer con lo que haces”.
Y los niños crecen con más miedo que amor y cariño hacia Dios.
Ven a Dios de parte de los poderosos, de parte de los que mandan y no de parte de los pequeños, de los niños.

José Luis Descalzo, en uno de sus primeros libros, “Un cura se confiesa”, cuenta cómo, paseando por el parque del Retiro de Madrid, se encontró con una niñera, sentada en una de las bancas del parque, cuidando a un niño que no hacía sino llorar. Ella, tan pronto vio a José Luis con su sotana, le dice al niño: “Mira, o te callas o te llevo a aquel cura”. Dicen que el niño asustado se calló. “Nunca me había imaginado que la figura de un cura sirviese para asustar a los niños que lloran”, comentaba José Luis.

Pues lo que yo no me puedo imaginar es que utilicemos a Dios para meterles miedo a los niños, para asustar a los niños, para que los niños no se coman un helado del frigidaire.
¿Por qué no presentarles a los niños un rostro más bonito de Dios?
¿Por qué no decirles que Dios ama a los niños, incluso cuando hacen travesuras?
¿Por qué no hacerles sentir que, incluso cuando los papás se enfadan con él y le riñen y le gritan, Dios sigue sonriéndoles?
¿Por qué no decirles a los niños que “a Dios también le gustan los helados que la mamá deja en el frigidaire”?
¿Por qué no decirles que también Dios sonríe cuando nosotros gritamos un gol y nos sentimos los campeones?

Quiero pedirle perdón a Dios, de lo mal que le solemos dejar delante de los niños.
De la mala imagen que proyectamos de él delante los niños.
Y quiero decirles a los niños que nos perdonen por hablarles tan feo de Dios, cuando él se pasa el día divirtiéndose con ellos, incluso cuando se comen los helados de la mami.

Clemente Sobrado c.p.

Pensamientos para caminar: Los hijos (15a parte)

Lee la 14° parte de esta reflexión aquí: https://wp.me/phJFX-36E

Family Love

Flickr: Tabitha Blue

71.- El amor no tiene edad porque está naciendo cada día. Diariamente es un recién nacido. El día que cuentes la edad a tu amor, estarás diciendo a quien amas que hace tanto tiempo que tu amor no ha crecido, ni madurado. Los esposos que celebran aniversarios de su amor, puede que solamente estén celebrando un pasado que no tiene presente. Por eso los esposos que no tienen aniversarios deben celebrar cada día nacimientos. El nacimiento de un amor nuevo y renovado.

72.- Para garantizar la paz, las naciones se arman cada día militarmente más. Por eso nunca logran la paz. Para garantizar la paz conyugal el mejor camino será el desarme total de cada uno. Un marido y una esposa que viven cada día armados con su propia verdad y sus propios intereses vivirán de pactos pero no lograrán vivir nunca la paz que nace de su amor.

73.- Uno de los privilegios que tienen los hijos es poder desvelar y revelar la verdad del padre. Nadie descubre la paternidad cuando engendra sino cuando vive el fruto de su fecundación. Recién cuando nace el hijo se descubre el misterio de la paternidad. Por eso los hijos no son ni un lujo ni un adorno. Los hijos son parte de la plenitud de nuestro ser. Si quieres saber cuánto te valoras como padre, pregúntate cuánto valoras a tu hijo.

74.- El Domingo de Ramos fue una expresión religiosa de masas entusiasmadas. Una religión de masas que no se personaliza termina como terminó el entusiasmo del día de ramos. La hora de la verdad se dio el Viernes Santo. Y la masa entonces lo dejó solo. El entusiasmo puede ayudar a la vivencia de la fe. Pero la fe no puede sostenerse en los sentimientos sino en los convencimientos profundos del espíritu. Si solo vives tu fe cuando tienes ganas, tu fe te dará muy poco trabajo.

75.- Jesús evita presentarse en público. Se refugia en casa de sus amigos de Betania. No siempre resulta fácil confesarse públicamente creyente. A muchos les molesta que vivas tu fe. Pero cuando la fe y el creyente no son aceptados por la sociedad, queda siempre un lugar que la mantiene viva: la familia. Y cuando esa fe se vive en la familia termina por ser fermento transformador de una sociedad que se niega a creer.

Clemente Sobrado cp.

Pensamientos para caminar: Los hijos (14a parte)

Lee la 13° parte de esta reflexión aquí: https://wp.me/phJFX-35O 

66.- La vida no termina con los viejos. Tampoco comienza con los jóvenes. Esto es muy simple: la vida es experiencia y es vigor de esperanza. La experiencia sin esperanza es pasado. La esperanza sin pasado, puede ser utopía. Hoy se vive la condición de hijos y muy poco la condición de nietos. Por eso el joven se desvincula tan fácilmente de los ancianos. Y esto ni ayuda a los jóvenes a vivir ni a los ancianos a morir. Se necesitan abuelos y se necesitan nietos.

Abuelo y nieto

Flickr: heartindustry

67.- El joven que se abre a la vida experimenta la gran tentación de querer hacerse dueño de todo. Siente que todo le pertenece, que todo debe ser suyo. Es una aspiración legítima. Pero lo que el joven olvida es que antes de ser dueño de la vida, tiene que ser dueño de sí mismo. Quien no es dueño de sí, quien no es capaz de dominarse a sí mismo, termina por ser dominado por la vida misma. Y en vez de ser dueño de la vida, la vida se hace dueña de él.

68.- Mis padres no me comprenden. Mis hijos no me comprenden. Todo el mundo se siente incomprendido. Si quieres ser comprendido comienza por comprender. A quien no ama le resulta difícil ser amado. A quien no trata de comprender a los demás, difícilmente se abre a la comprensión de los otros. El problema de padres e hijos no está tanto en no ser comprendidos, sino en que no hay quien se ponga en actitud de comprensión.

69.- Respetar a los demás no significa miedo y temor a ellos. Respetar significa, más bien, la capacidad de ver al otro como es, tener conciencia de su individualidad personal y única. Por eso el verdadero respeto quiere decir que me preocupo de que el otro sea él mismo y crezca. No se falta tanto al respeto cuando se dice una palabra menos conveniente, sino cuando se le impide ser él mismo y desarrollarse como tal. Se respetan como esposos o como padres e hijos cuando se aceptan como son y se ayudan a ser cada día más.

70.- Dialogar no es investigar. Si cuando dialogas con tu hijo lo único que haces es preguntarle, se sentirá acosado, investigado y juzgado. Tal vez por eso te resulta tan difícil el diálogo con él. Si quieres abrir la puerta del verdadero diálogo padre-hijo, comienza por hablar de ti mismo. Habla de ti, muéstrate cómo eres. No des la impresión de superhombre. Porque cuando tu hijo vea que tú sientes lo que él siente le será más fácil decírtelo y compartirlo contigo.

Clemente Sobrado cp.

Pensamientos para caminar: Los hijos (13a parte)

Lee la 12° parte de esta reflexión aquí: https://wp.me/phJFX-35y

71. ¿Estás preocupado de la educación sexual de tus hijos? ¿No sabes cómo hacerlo? ¿Hacer qué? Nadie educa la sexualidad… lo que se educa es la persona sexualizada: masculina o femenina. La sexualidad más que un estilo de hacer es un estilo de ser. Haz que tus hijos sean plena e integralmente personas y habrás educado sexualmente a tus hijos. Edúcales para ser y los habrás educado para actuar.

Educación

Flickr: globalhumanitaria

72. ¿Sabes cuántos años necesita un olivo para hacerse adulto? Dicen que hasta cien años. ¿Será por eso que la vida del olivo es de las de mayor duración? Una cebolla, decía Og Mandino, a las nueve semanas ya es vieja. Joven, tus ansias de vivir te empujan con demasiada rapidez a sentirte adulto. ¿Será por eso que los jóvenes envejecen ahora tan pronto…? Joven, ser hombre requiere saber esperar. Es la única forma de que la vejez no se apodere tan fácilmente de tu vida.

73. Para poder amar a los demás antes hay que amarse a sí mismo. Quien no se ama a sí mismo es incapaz de amar a los demás. Primero porque no tiene nada que darles y luego porque cuando dice que los ama, en realidad lo que hace es expresar la necesidad que tiene de ellos, de sentirse amado de ellos. Y el amor que nace de la necesidad de utilizar en provecho propio a los demás, se llama egoísmo. Si te amases más a ti mismo, los otros sentirían más tu amor.

74. Los demás no aprenderán a vivir en la verdad por mucho que les hables de la verdad. El verdadero camino de la verdad será una vida verdadera. Será tu vida de verdad y no tus palabras sobre la verdad lo que hará que tus hijos amen y acepten la verdad. No les impongas la verdad por la fuerza sino por la fuerza de la verdad que tú mismo vives. Es tu vida la que hace creíble la verdad a tus hijos.

75. La mayoría de edad no es ningún brevete que te autorice a hacer de tu vida lo que te viene en ganas. Sobre todo, tu mayoría de edad no puede ser tu victoria sobre tus padres que en adelante deben renunciar a su condición de padres sobre ti. Ser mayor de edad es solo el compromiso de una mayor responsabilidad tuya frente a la vida. Serás mayor de edad, no por tus dieciocho años cumplidos, sino por la seriedad y responsabilidad que tienes frente a ti y frente a los demás.

Clemente Sobrado cp.