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Bocadillos espirituales para vivir el Adviento: Viernes de la 1 a. Semana – Ciclo B

“Al salir Jesús, dos ciegos lo siguieron y gritaban: “Ten compasión de nosotros, hijo de David”. Al llegar a la casa se le acercaron los ciegos y Jesús les dijo: “¿Creen que yo puedo hacerlo?” Contestaron: “Sí, Señor” Entonces les tocó los ojos diciendo: “Que les suceda como ustedes han creído”. Y se les abrieron los ojos”. (Mt 9,27-31)

Todas las enfermedades son malas.
Pero la ceguera y la sordera son de las peores.
¡Cuantas cosas bellas y que el ciego no ve!
¡Cuántas jardines hermosos y que el ciego no ve!
¡Cuántos colores bonitos y que el ciego no ve!
¡Cuánta belleza que no vemos!
¡Cuántas cosas que dejaos de amar porque no sabemos ni que existen!

La ceguera no solo nos impide ver.
También nos aísla.
El ciego vive encerrado sobre sí mismo como si solo él existiese.
El ciego vive encerrado en su soledad como si los demás no existiesen.
El ciego no conoce su rostro.
El ciego no conoce el rostro de sus padres.
El ciego solo conoce su rostro con las manos.

Cuando Jesús hizo su presentación en la sinagoga de su pueblo, lo hizo con el texto de Isaías: “Los ojos de los ciegos se abrirán”.
Jesús vino para encender la luz de nuestros ojos.
Vino para que veamos lo que muchos no ven.

El Adviento es tiempo de esperanza.
Pero también es tiempo para ver.
Es tiempo para ver al Dios que está viniendo.
Es tiempo para ver al Dios que se hace niño.
Es tiempo para ver al Dios nacido en un pesebre.
Es tiempo para ver las esperanzas cumplidas.
Es tiempo para ver a Dios caminando entre los hombres.

Por eso, el Adviento, es tiempo para gritar: “Ten compasión de nosotros, hijo de David”.
Es tiempo para verle que nos abra los ojos.
Es tiempo para que nos haga ver no tanto las luces de los Árboles de Navidad.
Sino para ver la Navidad.
Sino para ver al Niño.
Muchos solo verán las luces de Navidad, los panteones y los regalos.
Pero no verán la verdadera Navidad.
Y la Navidad es Dios que se hace visible.
Una Navidad en la que no vemos a Dios encarnado, no es Navidad.

Jesús les devuelve la vista a los dos ciegos.
¿A cuántos tendrá que abrir los ojos Jesús hoy?
No a los que ven las flores, sino a los que no ven a “Dios”.
No a los que ven los rostros, sino a los que no ven a los “hermanos”.
No a los que ven las calles abarrotadas, sino a los que no ven “prójimos”.
No a los que ven niños jugando, sino a los que no ven “hijos de Dios”.
No a los que ven el rostro de sus padres, sino a los que no ven “el rostro de Dios”.

Somos muchos los que vemos sin ver.
Somos muchos los que creemos ver y estamos ciegos.
Somos muchos los que vemos por fuera, y no vemos por dentro.
Somos muchos los vemos la cáscara, pero no vemos la savia.

Nuestra oración debiera ser:
“Ten compasión de nosotros, Jesús”.
Y que nuestra actitud salir a la calle
“hablando a todos de las maravillas de Dios”.
“Porque ahora vemos lo que antes no veíamos.
Porque ahora somos capaces de verte a ti”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Adviento: Lunes de la 1 a. Semana – Ciclo B

“Voy a curarlo” Pero el centurión le respondió: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para que mi criado quede sano”, Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguía: “Les aseguro que en Israel no he encontrado a nadie con tanta fe. Les dijo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de os cielos”.
(Mt 8,5-11)

Un hermoso ejemplo del Adviento.
Porque Adviento es esperar.
Pero Adviento es también venir.
Esperamos a los que vienen.
Esperamos a Jesús.
Esperamos a los que están lejos.
Esperamos a los que no son de los nuestros.
Esperamos a los pensamos que no son, pero son.
Esperamos a los que creemos lejos, y están cerca.
Esperamos a los que creemos fuera, y están dentro.

El Centurión era un romano pagano.
Era de los que creíamos lejos y fuera del reino.
Pero que Jesús ve cercano y dentro.
“No soy digno de que entres en mi casa”.
“Basta una palabra tuya”.
“Mi criado será curado”.

Todos lo veían de la otra orilla.
Menos Jesús que lo ve de esta otra.
Todos los veían como excluido.
Menos Jesús que lo considera escogido.
Son muchos los que van a Templo.
Son muchos los que creen cumplir la ley.
Son muchos los que se creen auténticos.
Son muchos los que van a Misa.
Son muchos los que rezan.
Y viene Jesús e invierte las cosas, lo pone en el primer plano:
“Les aseguro que no he encontrado a nadie con tanta fe”.

¡Cuántas praderas hay al otro lado de las montañas!
¡Cuánta vida hay al otro lado del bosque!
¡Cuánto vida hay al otro lado de los malos!
¡Cuánto vida hoy al otro lado de los que nosotros excluimos!
“Vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa en el reino de los cielos”.

¿Quién es capaz de juzgar el corazón del hombre?
¿Quién soy yo para calificar al otro de malo, de excluido?
¿Quién soy yo para calificar de malos a los demás?
¿Quién soy yo para separar a buenos y malos?
¿Quién soy yo para condenar a los demás?

¿Has pensado que cada vez que comulgas tú repites las misas palabras del Centurión?
¿Seré yo consciente que cada vez que reparto lo comunión digo las misas palabras del Centurión? Pero ¿las diremos de verdad?
¿Las diremos con la misma fe de que Jesús nos puede sanar incluso si no comulgamos?
¿Dirá Jesús, cada vez que comulgamos, que no ha visto a nadie con tanta fe en la Iglesia?

Adviento es la esperanza de la venida de Dios.
Adviento es la esperanza de que, los que vemos lejos, están en casa.
Adviento es la esperanza de que también en los que no creen puede haber mucha fe.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 33 a. Semana – Ciclo A

“Cuando se acercaba Jesús a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oí que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le explicaron, que pasaba Jesús el Nazareno. Entonces gritó: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí”. Los que iban delante le regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte: “¡Hijo de David, ten compasión de mí”. Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?” El dijo: “Señor, que vea otra vez”. Jesús le contestó: “Recobra a vista, tú fe te ha salvado”.(Lc 18,35-43)

Los milagros no son manifestaciones del poder de Dios.
Ni Jesús hace milagros para que la gente le admire.
Los milagros llevan por dentro una savia nueva.

Nos encontramos con un “ciego”.
“Sentado al borde del camino”.
“Pidiendo limosna”.

No es un ciego de nacimiento como en otra circunstancia.
Este nació viendo.
Este ya ha tenido vista, pero la ha perdido.
Y ahora que vive en las tinieblas grita que quiera “volver a ver”.
Se siente mal en la oscuridad de la ceguera.
No le importa que la gente le regañe, él grita cada vez más.
Es el dolor de no poder ver lo que un día veía.
No se hace a la oscuridad del no ver.

¿No pudiera ser el símbolo de tantos ciegos como abundan hoy?
¿No será esta una catequesis de cuantos han perdido la fe que un día tuvieron?
¿No será esta una catequesis de cuantos han abandonado su fe y ahora se sienten metidos en las tinieblas?

Hay muchos que nacimos viendo.
Hay muchos que recibimos el don de la fe en el bautismo.
Hay muchos que recibimos el don de la fe en la experiencia de la Iglesia.
Pero que luego la hemos perdido.
Luego hemos renunciado a ella.
Hemos preferido confesar que “ya no creemos”.
Hemos preferido confesar que “somos ateos”.
Hemos preferido confesar que ya “no vamos a Misa porque no creemos”.

Es posible que muchos se sientan a gusto en sus tinieblas y oscuridades.
Es posible que muchos prefieran las tinieblas a la luz.
Como también es posible que:
Muchos se sientan mal con ellos mismos.
Muchos se sientan mal fuera de a Iglesia, sentados al borde del camino.
Muchos se sienten mal pidiendo limosna a los que pasan.
Muchos que quisieran volver a ver.
Muchos que quisieran volver a creer.
Muchos que quisieran recobrar la fe perdida.
Muchos que gritan desde el fondo de su corazón pidiendo “volver a creer”.

¿Serán ateos todos los que así se llaman?
¿Serán incrédulos todos los que así lo dicen?
¿No habrá muchos incrédulos que, en un momento de sus vidas, quisieran creer de nuevo?
¿No habrá muchos que no saben cómo volver a encontrar el camino?
¿No habrá muchos que comienzan a sentir el vacío de Dios y ansían que alguien les lleve a Él?

Muchos han quedado ciegos en la propia familia donde no se practica nada.
Otros han quedado ciegos cuando ingresaron a la Universidad.
Otros han quedado ciegos arrastrados por el grupo de amistad.
Y ahora sienten la necesidad del regreso.
Sienten la necesidad de volver a creer.
Personalmente pienso que ni todos “son ateos”.
Ni se sienten a gusto en su ateísmo.
Que muchos ateos quien volver a creer.
Están hartos de estar sentados a la vera del camino sin saber quiénes pasan.
Están hartos de mendigar limosna y quieren vivir de la propia fe.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 32 a. Semana – Ciclo A

“Y mientras iba de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y, postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le dabas gracias. Este era un samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo: “¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios? Y le dijo: “Levántate y vete, tu fe te ha salvado”. (Lc 17,11-19)

Dar gracias a Dios por lo que se tiene, allí comienza el arte de vivir. (Doménico Cieri Estrada)
Demos gracias a los hombres y a las mujeres que nos hacen felices, ellos son los encantadores jardineros que hacen florecer a nuestros espíritus. (Will Rogers)

Jesús se siente conmovido por los diez leprosos que “le piden compasión”.
Resulta curioso que el sufrimiento una a los que viven lejos.
“Judíos y samaritanos no se hablaban”.
Sin embargo, la lepra hacía que un samaritano conviviese con nueve judíos.
Algo así como si el dolor y el sufrimiento borrase las barreras que nos separan y dividen.
Se trata de una curación muy original.
Los envía a los sacerdotes.
Se sienten curados en el camino.
Nueve siguen camino de los sacerdotes.
Sólo uno tiene sentimientos de agradecimiento.
Solo uno regresa a Jesús alabando a Dios y dando gracias.

Jesús siente cierta desilusión.
Por eso pregunta un tanto defraudado: “¿No eran diez los curados y solo uno vuelve a dar gracias?”
El agradecimiento:
Es como la expresión del corazón.
Es como la expresión de la sinceridad del corazón.
Es como la expresión de sentirse deudor del otro.
Es como la expresión de la nobleza de los sentimientos.

El agradecimiento es como la expresión de la propia vida.
Y sin embargo, con frecuencia, el agradecimiento es el gran olvidado en nuestras vidas.
La vida del cristiano debiera ser como el principio del vivir cristiano.
Todos nos sentimos con derecho a pedirle favores a Dios.
Pero luego ¿cuántos somos capaces de ponernos de rodillas en acción de gracias?
Todos somos deudores de Dios.
Todos estamos llamados a ser agradecidos a Dios.
Si fuésemos sinceros con Dios, la vida no nos bastaría para darle gracias.

Gracias:
Por un nuevo despertarnos.
Por un nuevo amanecer.
Por una nueva posibilidad en la vida.
Por la posibilidad de contemplar las flores de jardín, cuando hay tantos que nunca han visto una rosa.
Por la posibilidad de poder hacer felices a los demás hoy.
Por la posibilidad de poder sonreír hoy a los que están tristes.
Por la posibilidad de acompañar hoy a los que viven en la soledad.
Por la posibilidad de hacer feliz a un niño.
Por la posibilidad de hacer feliz a un anciano hoy.
Por la posibilidad de hacer feliz hoy a esposo.
Por la posibilidad de hacer feliz a mi esposa hoy.
Por la posibilidad de que mis hijos puedan estudiar hoy.
Por la posibilidad de tener un hogar caliente hoy.
Por la posibilidad de sentirme hijo de Dios hoy.
Por la posibilidad de testimoniar el Evangelio hoy.
Por la posibilidad de vivir el don de la gracia hoy.
Por la posibilidad de tener un trabajo digno hoy.
Por la posibilidad de poder llevar el pan a mis hijos hoy.
Por la posibilidad de poder parte de mi pan hoy.

Nuestras vidas están llenas de ocasiones de ser agradecidos.
¿Acaso no debo agradecer que Dios me siga amando hoy a pesar de haberle fallado?
¿Acaso no debo agradecer que Dios me siga sonriendo hoy a pesar de mis defectos?
¿Acaso no debo agradecer que Dios me siga amando hoy?
¿Acaso no debo agradecer que Dios me haya perdonado hoy?
¿Acaso no debo agradecer que Dos me haya dado hoy la oportunidad de comulgar?
¿Acaso no debo agradecer que hoy pueda sentirme amado por El?

Para el que quiere nuestra vida debiera ser todo un agradecimiento.
Y quien no sabe agradecer, no ha aprendido a vivir de verdad.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 30 a. Semana – Ciclo A

“Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos le estaban espiando. Se encontró delante un hombre enfermo de hidropesía y, dirigiéndose a los maestros de la Ley y fariseos, preguntó: “¿Es lícito curar en sábado o no?” Ellos se quedaron callados. Jesús tocando al enfermo, lo curó y lo despidió. Y a ellos les dijo: “Si a uno de vosotros se le cae al pozo el hijo o el buey, ¿no lo saca enseguida, aunque sea sábado?” Y se quedaron sin respuesta”. (Lc 14,1-6)

Un Evangelio un tanto extraño y que crea una serie de interrogaciones.
En primer lugar, extraña ver a Jesús entrar en casa de uno de los principales fariseos para comer.
Ciertamente fue invitado, lo que resulta extraño que un fariseo y de los jefes, le invitase.
Pero a la vez un comienza a pensar si allí no había gato por liebre.
“Ellos le estaban espiando”.
¿Invitación por simpatía o invitación con trampa?
¿Y cómo estaba allí un enfermo de hidropesía?
No todas las invitaciones son signos de amistad.
Hay muchos signos de amistad que pueden ser toda una trampa.

En segundo lugar, ¿se puede armar toda una comida para tantos en un sábado?
¿y luego escandalizarse de que Jesús cure en sábado?
¿Se puede banquetear en sábado y no se puede sanar en sábado?

En tercer lugar, Jesús les amargó la comida.
Porque los cuestionó en algo que era fundamental para ellos.
¿Se puede curar en sábado?
¿Se puede sacar del pozo al hijo o al buey ¿y no se puede sanar en sábado?
Y en sus mismas narices sana al hombre que padecía hidropesía.
Y nadie se atreve a decirle nada.

En cuarto lugar el silencio.
Ninguno de ellos se quiere mojar.
Ninguno de ellos se quiere complicar.
Ninguno de ellos se quiere definir.
Ninguno de ellos se quiere enfrentar.
Cuando no hay sinceridad, lo mejor es callarse.
Cuando no se busca la verdad, lo mejor es callarse.
Cuando no se quiere manifestar, lo mejor el silencio.

Jesús les pide que se definan.
Pero ellos no tienen el coraje de hacerlo.
Hay silencios que dicen más que mil palabras.
Hay muchos silencios entre nosotros que nos definen claramente.
Hay muchos silencios entre nosotros que tratan de evitar complicarnos.
Hay muchos silencios entre nosotros que definen nuestras cobardías.
Hay muchos silencios entre nosotros que definen nuestros miedos.
Hay muchos silencios entre nosotros que definen nuestras inseguridades.
Hay muchos silencios entre nosotros que son la negación de lo que somos.

Para no complicarnos la vida, lo mejor el silencio.
Diremos que por dentro pensamos otra cosa.
Pero no tenemos la valentía de declararnos cuando nos preguntan.
Preferimos responder con el silencio y un simulacro de sonrisa.
Y creemos que con ello nos hemos salvado.
Dios pide definiciones y no indecisiones.
Dios pide claridad y no medias tintas.
Que nuestros silencios en los grupos sociales, pueden ser la negación de nuestra identidad cristiana.
¿Alguien quisiera que Dios guarde silencio sobre nosotros?

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 30 a. Semana – Ciclo A

“Había una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y andaba encorvada, sin poderse enderezar. Al verla, Jesús la llamó y le dijo: “Mujer quedas libre de tu enfermedad”. Le impuso las manos, y enseguida se enderezó y glorificaba a Dios. Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, dijo a la gente: “Seis días tienen para trabajar, vengan esos días a que les curren, y no los sábados”. Pero el Señor, dirigiéndose a él, dijo: “Hipócritas, cualquiera de ustedes, ¿no desata del pesebre al buey o al burro y lo lleva a beber, aunque sea sábado?” (Lc 13,10-17)

Una religión que no humaniza al hombre no es una religión que lleve a Dios.
La religión que no lleva a Dios a través del hombre, no es la religión de Dios.
La religión no es solo para dar culto a Dios.
La religión es para valorar lo que Dios valora.
La religión verdadera es la que rinde culto a Dios sirviendo al hombre.
Los dos mandamientos principales de la ley son el amor a Dios y al hombre.
La verdadera religión tiene que tener como base la relación con Dios pero también con el hombre.

El sábado, hoy el domingo, es el día dedicado a Dios.
Por tanto también dedicado al servicio del hombre.
No podemos imaginarnos un domingo sin el hombre.
No podemos pensar en un domingo para Dios, olvidándonos del hombre.

El domingo podemos preocuparnos del buey y del burro.
Pero ¿no podemos ocuparnos del hombre?
¿Acaso el domingo es para el buey y el burro?
Pero no para lo que más interesa a Dios que es el hombre.

La religión es buena como camino para rendir culto a Dios.
La religión es buena como camino para dedicarnos al servicio de Dios.
Pero la religión:
¿puede olvidarse de los intereses de Dios?
¿puede olvidarse de los intereses del hombre?

Una religión que se preocupa del buey y del burro, pero se olvida del hombre:
¿será la religión que Dios quiere?
¿será la religión que nos lleva a Dios?
¿a caso Dios se olvida del hombre el sábado o el domingo?
¿a caso el hombre no existe para Dios los sábados o los domingos?
¿a caso solo existen los bueyes y los burros los sábados y domingos?

Para Jesús el camino de Dios es el hombre.
A Dios se llega a través del servicio al hombre.
A Dios se llega a través de una mujer desconocida y encorvada dieciocho años.
A Dios se llega, enderezando en sábado, a una mujer que solo mira a la tierra porque no puede enderezarse.
A Dios se llega enderezando a una mujer encorvada que, por primera vez, puede mirar al cielo.

Jesús no quiere una religión ritualista.
Jesús no quiere una religión de un culto ritualista.
Jesús no quiere ni anuncia una religión que prescinde del hombre.
¿Acaso no comenzó él mismo por hacerse hombre?
¿Acaso no salvó al hombre haciéndose hombre?
¿Acaso no reveló a Dios asumiendo nuestra condición humana?
La encarnación es el camino de Dios hacia el hombre.
La encarnación es la revalorización del hombre.

¿Por qué crucificaron a Jesús?
Porque Dios quiso manifestarse como hombre.
Y eso es lo que la religión no aceptó.
No aceptó un “Dios hombre”.
Por eso tampoco acepta un “hombre imagen de Dios”.

No cambiaremos el mundo con un culto ritualista.
Solo podremos cambiarlo cuando revaloricemos al hombre por encima de la religión.
Solo podremos cambiarlo cuando el hombre sea tan importante que prevalezca sobre el culto ritual.
Solo cuando seamos de valorar al hombre como Dios lo valora.

Tenemos que enderezar al hombre:
Tiene que mirar a la tierra.
Pero tenemos que enseñarle a mirar al cielo.
El verdadero creyente no es el que solo mira al cielo.
Sino el que encuentra el cielo mirando a la tierra.
Por eso necesitamos enderezarle.
Es preciso mirar hacia abajo, pero sin dejar de mirar hacia arriba.

Tendremos que enderezar a la mujer en la Iglesia, demasiado tiempo encorvada.
Tendremos que enderezar a la mujer en la Iglesia, demasiado tiempo viviendo a la sombra de la religión masculina y machista. Y esto, aunque sea domingo.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 22 a. Semana – Ciclo A

“La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le pidieron que hiciera algo por ella. El, de pie a su lado, increpó a la fiebre, y se le pasó: ella levantándose enseguida, se puso a servirles. Al ponerse el sol, los que tenían enfermos con el mal que fuera se los llevaban; y, él, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando”. (Lc 4, 31-37)

Siempre he pensado que la “fiebre” no es ninguna enfermedad.
Pero es señal de que algo enfermo hay en nosotros.
La fiebre implica que dentro hay una infección que no vemos.
La fiebre es un aviso.
Es un ponernos en alerta de que algo no funciona bien dentro.

La suegra de Simón “estaba con una fiebre muy alta”.
No se nos dice cuál era la infección que la provocaba.
La fiebre crea un malestar en el organismo como protesta a lo que anda mal dentro.
Podemos bajar la fiebre mediante analgésicos.
Pero bajar la fiebre no es curar la infección.
Aquí Jesús no solo curó la fiebre.
Junto con la fiebre curó la infección, porque la suegra de Simón se “levantó y comenzó a servirles”.

Hay muchos tipos de fiebre.
Y aunque parezca mentira son el principio de la curación.
Es la voz de la infección que nos avisa para sanarnos por dentro.

Hay la fiebre de querer tener más.
Avisándonos de nuestra esclavitud de las cosas.
Hay la fiebre de la infidelidad.
Avisándonos que nuestro matrimonio necesita de curación.
Hay la fiebre de nuestro cansancio espiritual.
Avisándonos que vivimos una espiritualidad muy pobre.
Hay la fiebre de no tener tiempo para Dios.
Avisándonos de que Dios no es importante en nuestras vidas.
Hay la fiebre de dejar de rezar.
Avisándonos de que nuestra relación con Dios es superficial.
Hay la fiebre de nuestra indiferencia ante los necesitados.
Avisándonos de que las necesidades de los otros no nos duelen.
Hay la fiebre de nuestra indiferencia ante el hambre de los demás.
Avisándonos de que los demás no son importantes para nosotros.
Hay la fiebre de no tener tiempo para los que están solos.
Avisándonos de que los demás nos son indiferentes.
Hay la fiebre de no tener tiempo para ir a Misa.
Avisándonos de que la Eucaristía no es el centro de nuestra vida.
Hay la fiebre de no confesarnos.
Avisándonos de la poca importancia que damos al pecado.

Como ven, hay muchas fiebres.
No solo del cuerpo sino también del alma.
Pero ojala nos doliesen esas fiebres del alma como nos duelen las del cuerpo.
Porque serían el principio para comenzar a sanar nuestras almas.
Porque cuando estas cosas no nos duelen ni nos molestan, difícilmente trataremos de curar sus raíces.

Me siento mal porque no rezo.
Buena señal, ya has comenzado.
Me siento mal porque no voy a misa.
Buena señal, ya has comenzado.
Me siento mal porque no leo la Palabra de Dios.
Buena señal, ya has comenzado.
Me siento mal porque hace años que no me confieso.
Buena señal, ya has comenzado.
Me siento mal porque los demás me son indiferentes.
Buena señal, ya has comenzado.

Señor: yo te pediría que no nos sanes de nuestra fiebre espiritual, si es que no sanas nuestra infección.
Señor: sana nuestras fiebres del alma sanando el alma.
Señor: sana la fiebre y la infección del corazón, para que también nosotros nos pongamos en pie y comencemos a “servir a los demás”.

Clemente Sobrado C. P.