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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 22 a. Semana – Ciclo A

“La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le pidieron que hiciera algo por ella. El, de pie a su lado, increpó a la fiebre, y se le pasó: ella levantándose enseguida, se puso a servirles. Al ponerse el sol, los que tenían enfermos con el mal que fuera se los llevaban; y, él, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando”. (Lc 4, 31-37)

Siempre he pensado que la “fiebre” no es ninguna enfermedad.
Pero es señal de que algo enfermo hay en nosotros.
La fiebre implica que dentro hay una infección que no vemos.
La fiebre es un aviso.
Es un ponernos en alerta de que algo no funciona bien dentro.

La suegra de Simón “estaba con una fiebre muy alta”.
No se nos dice cuál era la infección que la provocaba.
La fiebre crea un malestar en el organismo como protesta a lo que anda mal dentro.
Podemos bajar la fiebre mediante analgésicos.
Pero bajar la fiebre no es curar la infección.
Aquí Jesús no solo curó la fiebre.
Junto con la fiebre curó la infección, porque la suegra de Simón se “levantó y comenzó a servirles”.

Hay muchos tipos de fiebre.
Y aunque parezca mentira son el principio de la curación.
Es la voz de la infección que nos avisa para sanarnos por dentro.

Hay la fiebre de querer tener más.
Avisándonos de nuestra esclavitud de las cosas.
Hay la fiebre de la infidelidad.
Avisándonos que nuestro matrimonio necesita de curación.
Hay la fiebre de nuestro cansancio espiritual.
Avisándonos que vivimos una espiritualidad muy pobre.
Hay la fiebre de no tener tiempo para Dios.
Avisándonos de que Dios no es importante en nuestras vidas.
Hay la fiebre de dejar de rezar.
Avisándonos de que nuestra relación con Dios es superficial.
Hay la fiebre de nuestra indiferencia ante los necesitados.
Avisándonos de que las necesidades de los otros no nos duelen.
Hay la fiebre de nuestra indiferencia ante el hambre de los demás.
Avisándonos de que los demás no son importantes para nosotros.
Hay la fiebre de no tener tiempo para los que están solos.
Avisándonos de que los demás nos son indiferentes.
Hay la fiebre de no tener tiempo para ir a Misa.
Avisándonos de que la Eucaristía no es el centro de nuestra vida.
Hay la fiebre de no confesarnos.
Avisándonos de la poca importancia que damos al pecado.

Como ven, hay muchas fiebres.
No solo del cuerpo sino también del alma.
Pero ojala nos doliesen esas fiebres del alma como nos duelen las del cuerpo.
Porque serían el principio para comenzar a sanar nuestras almas.
Porque cuando estas cosas no nos duelen ni nos molestan, difícilmente trataremos de curar sus raíces.

Me siento mal porque no rezo.
Buena señal, ya has comenzado.
Me siento mal porque no voy a misa.
Buena señal, ya has comenzado.
Me siento mal porque no leo la Palabra de Dios.
Buena señal, ya has comenzado.
Me siento mal porque hace años que no me confieso.
Buena señal, ya has comenzado.
Me siento mal porque los demás me son indiferentes.
Buena señal, ya has comenzado.

Señor: yo te pediría que no nos sanes de nuestra fiebre espiritual, si es que no sanas nuestra infección.
Señor: sana nuestras fiebres del alma sanando el alma.
Señor: sana la fiebre y la infección del corazón, para que también nosotros nos pongamos en pie y comencemos a “servir a los demás”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Martes de la 4 a. Semana – Ciclo A

“Hay en Jerusalén, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Esta tiene cinco pórticos, en ellos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos. Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, al verlo allí tendido, y sabiendo que ya llevaba tanto tiempo, le dice:” ¿Quieres quedar sano?” “Señor, no tengo quien me meta a la piscina… Jesús le dice: “Levántate, toma tu camilla y anda”. Aquel día era sábado, y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano: “Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla”. El les contestó: “El que me ha curado me dijo: “Toma tu camilla y anda”. ( Jn 5,1-3,5-16)

Sí, amigos, en sábado:
Se puede estar paralítico.
Se puede seguir estando enfermo.
Se puede seguir tumbado en la camilla.
Se puede seguir viviendo sin esperanza.
Se puede seguir un año más tirado sobre la camilla.

Pero en sábado:
No se puede sanar la parálisis que impide andar.
No se puede levantarse de la camilla.
No se puede ir a casa con la camilla a cuestas.
No se puede cantar la salud recuperada después de treinta y ocho años.
No se puede volver a disfrutar de la vida.

¡Qué manera de entender la religión!
¡Qué manera de entender a Dios!
¡Qué manera de entender al hombre!

Treinta y ocho años paralítico:
Y nadie se preocupó de él.
Y nadie le echó una mano para ayudarle.
Todos pasaban a su lado y nadie le regalaba una sonrisa.
Todos pasaban junto a él y nadie se preocupaba de él.
Todos pasaban junto a él y a todos les parecía normal verlo tirado.
Es preocupante nuestra indiferencia ante el hermano que sufre.
Es preocupante nuestra insensibilidad ante el hermano inválido.
Posiblemente nadie le regalaba un saludo.
Posiblemente nadie le regalaba una palabra.
Posiblemente nadie le regalaba un sonrisa.

Es doloroso escuchar su propia confesión:
“No tengo un hombre que me dé su mano”.
No tener un hombre que le mire con cariño y le ayude a ir a la piscina.
Y todos con la conciencia tranquila.
Todos con el corazón tranquilo.
Todos pasando a su lado como extraños.

Fue necesario que pasase Jesús:
Jesús sí lo vio.
Jesús sí sintió pena de un hombre desvalido.
Jesús fue el único que hizo algo más que pasar y echarle unas monedas en el sombrero.
Jesús no pasa.
Jesús se detiene.
Jesús se para junto a él y le abre a la esperanza que había perdido:
“¿Quieres quedar sano?”
Jesús se olvidó de que era sábado.

El sábado no es razón para dejar tirado al que no puede levantarse.
La verdadera religión no es para guardar descanso en sábado.
La verdadera religión es mirar al hombre.
La verdadera religión es preocuparse por el hombre.
El verdadero culto no está en el altar.
El verdadero culto está en darle la mano a un paralítico.
El verdadero culto es sanar al hombre y devolverlo a una vida digna.
El verdadero culto pasa haciendo el bien a los demás.
El verdadero culto para por un paralítico que después de treinta y ocho años vuelve a caminar y puede volver a su casa con la camilla, su compañera de tantos años.

La verdadera religión pasa por ver las necesidades del hombre.
A Dios se llega pasando por hacer el bien al hombre paralítico.
Por más que, mientras tanto, los “buenos” se escandalicen y prefieran verlo paralítico y no caminando cantándole a la vida.
Vivía aislado por la enfermedad.
Ahora son los buenos quienes lo aíslan “expulsándolo” como pecador.
¿Quiénes son hoy los buenos y quiénes los pecadores?

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Domingo 4 º – Ciclo A

“Al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento. Escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego y le dijo: “Vete, lávate en la piscina de Siloé” (que quiere decir Enviado). El fue, se lavó y volvió ya viendo. Los vecinos y los que solían verle antes, pues era mendigo, decían: “¿No es éste el que se sentaba para mendigar?” Unos decían: “Es él”. “No, decían otros, sino que es uno que se le parece.” Pero él decía: “Soy yo.”
Llevaron ante los fariseos. Era sábado en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos, Los fariseos le preguntaron como había adquirido la vista. El contestó: “Me puso barro en los ojos, le lavé y veo”. “¿Y tú qué dices de él, ya que te ha abierto los ojos?” El respondió: “Que es un profeta.” Ellos le respondieron: “Has nacido empecatado ¿y nos vas dar lecciones a nosotros?” Y lo expulsaron”.
(Jn 9,1-41)

Un largo relato.
Y un relato lleno de conflictividad.
Y todo por tratarse de la ley del Sábado.
A poco que nos fijemos un ciegote nacimiento a quien de Jesús le ha regalado el don de la luz de sus ojos.
Un ciego acostumbrado a vivir en la caverna de la oscuridad.
Un ciego que ni siquiera pide ver.
Para él la oscuridad se ha convertido en parte de su vida.
Creo que es la primera vez que Jesús se anticipa y le pregunta si quiere ver.

Pero cuantas cosas nos descubre este ciego:
En primer lugar “ciego de nacimiento” y nadie se preocupa de él.
En segundo lugar: es Jesús que se interesa por él.
En tercer lugar: es Jesús que prefiere la visión del ciego a la práctica del sábado.
En cuarto luego: resulta curioso que todo el mundo le conoce mientras está ciego. Y ahora que ve nadie quiere reconocerle.
En quinto lugar: sus mismos padres se desentienden de él para evitarse conflictos con los fariseos.
En sexto lugar: son ahora los fariseos los que se hacen jueces de su curación.
En sexto lugar: qué peligroso es no hacerse esclavo de la ley. Porque ahora son los fariseos los que lo excluyen de la sociedad como “empecatado”.
En séptimo lugar: Jesús vuelve a encontrarse con él y lo trata con cariño y con delicadeza.
En octavo luego: ahora Jesús no solo le devuelve la visión de sus ojos sino también la visión de la fe y se le revela como Hijo de Dios.

Una religión que prefiere:
Que vivamos ciegos.
Pero que cumplamos con la Ley.
Que prefiere el cumplimiento del sábado.
Aunque sigas ciego toda tu vida.

Y qué diferente la actitud de Jesús:
Sabe que es sábado, pero el hombre está por encima de la religiosidad del sábado.
Sabe que es sábado, pero prefiere quebrantar la ley y devolverle la vista a quien nunca vio.
Sabe que es sábado, pero prefiere hacer libre a quien pasó toda su vida tumbado en una camilla.

La verdadera religión:
Es un camino para llegar a Dios.
Pero también es un camino para llegar al hombre.
Es un camino donde podemos ver la esclavitud del hombre.
Pero también la libertad del hombre.

Estamos camino de la Pascua.
No es un camino de esclavitudes.
No es un camino donde todo se olvida del hombre.
Sino un camino donde descubrimos lo que Dios hace por el hombre.
Es el camino donde Dios termina con la religión de la Ley sin amor.
Es la religión donde Dios mismo es capaz de entregar su vida, para que viva el hombre.
Dios y hombre caminan juntos.
Ni Dios sin el hombre.
Ni el hombre sin Dios.
Sino Dios y el hombre en un mismo caminar.

Señor: que los ciegos vean.
Señor: que los que nunca han visto comiencen a ver.
Señor: que los que nunca te han visto, puedan verte ahora en la Cruz.
Señor: que los que nunca han tenido tu luz, la descubran ahora en la Pascua.

Clemente Sobrado C. P

Nadie nos conoce cuando estamos bien

Domingo 4 Cuaresma – A

El relato de la curación del ciego de nacimiento es todo un símbolo.
Todo el mundo le conoce mientras es ciego.
Nadie la reconoce cuando recobra la vista.
Nadie se preocupa cuando es ciego.
Todo el mundo se preocupa cuando logra la vista.
Los problemas no los tiene cuando es ciego.
Los problemas los tiene cuando puede ver.
Diera la impresión de que:
Preferimos ver que alguien sufre.
Preferimos ver que alguien sufre hambre.
Preferimos ver que alguien es marginado.
Preferimos ver que alguien vive aislado y solitario.

Pero, eso sí:
Nadie hace nada por él.
Nadie se preocupa por él.
Nadie se compromete con él.
Nadie se acerca a él para darle una palabra de aliento.
Nadie se acerca a él para darle una mano.
Simplemente pasamos a su lado.
Nos acostumbramos a verlo ciego.
Nos acostumbramos a verlo sufriendo.
Nos acostumbramos a verlo marginado.

Me duele que nos acostumbremos:
A ver tanto pobre que sufre hambre.
A ver tanto pobre que no tiene que comer.
A ver tanto pobre que vive sin que nadie le preste atención.

Porque pienso que es terrible que nos acostumbremos:
A ver a los necesitados.
A ver a quienes carecen de todo.
A ver a quienes nadie tiene en cuenta.
Vemos sus fotos, como noticia.
Vemos sus fotos, como realidad de la vida.
Vemos sus fotos, como acontecimiento.

Pero eso sí, que a nosotros no nos compliquen la vida.
Es doloroso que todo el mundo le conocía mientras era ciego.
Pero ahora que ve, todo el mundo se hace el ignorante.
Ahora que Jesús le ha hecho el milagro de ver, nadie le conoce.
Antes, todos le conocían, aunque nadie hacía nada por él.
Ahora, todos dudan de él.
A nadie preocupado en tanto era ciego y no veía nada.
Ahora que ve es la preocupación de todos.
Ahora vive más solitario que antes.
Al menos la conocían.
Ahora nadie le conoce y todos dudan de él.
Hasta sus padres se hacen los desentendidos.

Cuando uno es malo, todos sabemos de él.
Cuando uno se convierte, todos dudan de él.

Hasta el mismo Jesús es criticado:
Porque está prohibido hacer el bien en sábado.
Prohibido que alguien haga el bien en domingo.
Pero no hacemos nada por él durante la semana.

Me encanta el Dios de Jesús:
Que no le importa hacer el bien en domingo.
Aunque se escandalicen los que no hacemos nada en la semana.
Me repugnan los que nos acostumbrados a ver la miseria humana.
Me repugnan los que nos acostumbramos a ver la pobreza.
Me repugnan los que nos acostumbramos a ver pero no hacemos nada.
Me repugnan los que nos escandalizamos de dejar el culto por ayudar a los que nos necesitan.
Me repugnan los que somos buenos porque vivimos el culto dominical, pero somos indiferentes a los necesitados durante la semana.

Me encanta el Jesús que:
Luego lo encuentra y se le acerca a darle una palabra de aliento.
Luego cuando confiesa: “Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven vean y los que ven queden ciegos”.

Y cabría preguntarnos:
“¿También nosotros estamos ciegos?”
Y Jesús les responde sabiamente: “Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste”.

¿Somos ciegos o somos de los que vemos?
La respuesta es clara:
¿Qué hacéis con los que no ven?
¿Qué hacéis con los que nadie quiere ver?
¿Qué hacéis con los que lo necesitan todo y nadie les hace caso?
La verdad que me siento incómodo con migo mismo.
Porque ya no sé si soy ciego o no quiero ver.
Si veo y paso indiferente al que me necesita.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Lunes de la 3 a. Semana – Ciclo A

“Les garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a la viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón.
Muchos leprosos había en Israel en tiempos de profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el Sirio. Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte sobre el que estaba edificada la ciudad, con intención de despeñarlo”. (Lc 4,24-30)

Hay verdades que duele escucharlas.
Hay verdades que no queremos escucharlas.
Hay verdades que nos molestan.
Hay verdades que en vez de escucharlas preferimos desbarrancar al que nos las dice.
Es que las verdades duelen.
En tanto que las mentiras nos adulan y anestesian.

Eso le pasó a Jesús.
Por eso me gusta Jesús, porque vivió la realidad de nuestras vidas.
Experimentó nuestras grandezas y nuestras miserias.
Pero pasó por la experiencia de nuestra realidad.
Porque tampoco a nosotros nos gusta nos digan la verdad.
Preferimos la anestesia de la adulación.
Preferimos la anestesia de la mentira.

Nos creemos dueños de la verdad, pero no la vivimos.
Nos creemos dueños de la salvación, y muchos tomamos otros caminos.
Nos creemos dueños de Dios, y resulta que fuera de la Iglesia también creen en él.

No sé si recuerdan aquello que le sucedió a un profesor Jesuita en una Universidad en la India.
Se conoció con un gran intelectual. Y mientras charlaban amigablemente, el Doctor le dice, “solo que entre usted y yo hay un problema”.
Solo ustedes se salvan.
Los que estamos fuera de la Iglesia estamos excluidos.

¿Quién habrá inventado ese aforismo tan exclusivista?
Porque lo que Jesús nos dice hoy suena a otra cosa:
Había muchas viudas en Israel.
Sin embargo Elías fue a ayudar a la viuda de Sarepta.
Había muchos leprosos en Israel.
Pero el profeta Eliseo solo curó a Naamán el Sirio.

Resulta llamativo que:
Los que nos creemos seguros no vivimos lo que creemos.
En cambio, paganos que vienen de lejos, creen al Profeta.
¿No recuerdas la Navidad?
Los que estaban cerca de Belén no se enteran de nada.
Son los gentiles que vienen de lejos los que lo descubren primero.
No siempre los que creemos desde que nacemos, tenemos la garantía de nuestra fe.
Y hay muchos que consideramos paganos, y viven más abiertos a Dios.
No siempre los que disponemos de todos los medios que ofrece la Iglesia, vivimos el Evangelio.
Y muchos que viven fuera de la Iglesia, viven las grandes verdades, aun sin saber que son del Evangelio.

Cuando veo las grandes ciudades, y veo que en el centro están todos los elementos activos de la Iglesia, mientras que en los márgenes apenas tienen una misa cada domingo. En mi Parroquia celebramos once misas dominicales.
¿Serán mis feligreses modelos de Evangelio para aquellos que no tienen ninguna o escasamente una?

Felizmente Dios tiene otro criterio.
Tiene la Iglesia como sacramento de salvación.
Pero muchos que dicen pertenecer a la Iglesia viven alejados.
En tanto que, muchos que están fuera de la Iglesia, llevan una vida de mayor coherencia.

Que nos digan esto nos duele.
Si yo predico esto en mi misa de domingo, la gente se me ofende.
Nos cuesta creer que Dios también actúa fuera de la Iglesia.
Nos cuesta creer que Dios también salva fuera de la Iglesia.
Nos cuesta creer que los de fuera también son amados de Dios.
Yo no tengo miedo al escándalo de los buenos.
Me alegra la bondad que hay al otro lado de la frontera de la Iglesia.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 7 a. Semana – Ciclo A

“Jesús preguntó al padre: ¿Cuánto tiempo hace que le pasa esto?” Contestó él: “Desde pequeño. Muchas veces hazlo ha echado al fuego y al agua, para acabar con él. Si algo puedes compadécete de nosotros y ayúdanos”. Jesús replicó: “¿Qué es eso de “si puedes”? Todo es posible para quien cree. Entonces el padre del muchacho gritó: “Creo, ayuda mi poco fe!”. (Mc 9,14-29)

Dios no puede hacer nada si no tenemos fe.
La falta de fe como que le ata las manos a Dios.
Pareciera que Dios no actúa desde sus poderes.
Dios actúa en nosotros desde nuestra fe en él.
Es la fe la que hace milagros.
Es la fe la que abre el camino a Dios.
Es la fe la que hace posible desarrollar sus poderes divinos.

Marcos hace un relato muy extenso de esta curación.
Como si quisiera darnos una lección de que nuestra relación con Dios se basa en nuestra fe.
Frente a este niño que, posiblemente sufría de epilepsia,:
Primero nos hace ver la falta de fe del padre.
La misma manera de pedirle lo indica: “Si puedes”.
No está seguro de las posibilidades de Jesús.
Jesús reacciona manifestando su extrañeza y la dificultad que el mismo padre pone.
“¿Qué es eso de “si puedes”.
“Todo es posible para el que cree”.
No es cuestión de saber si Dios puede sanarle o no.
Es cuestión de fe.
Porque para quien cree no hay imposibles.

Es entonces que Jesús hace el primer milagro.
El padre toma conciencia de que su fe es muy débil y pobre.
Y da un grito: “Creo; pero ayuda mi fe”.
Primero Jesús aviva la fe del padre.
El resto vendrá por su propio pie.

El problema de siempre y de todos.
Pedimos demasiado, pero sin preguntarnos si tenemos fe suficiente.
Pedimos y con frecuencia, nuestra fe es demasiado débil.
También nosotros pensamos más en el poder de Dios.
Y nos fijamos poco en la verdad de nuestra fe.
Y por eso luego nos quejamos de que Dios no nos ha escuchado.
¿Por qué no decimos: he pedido con poca fe?
Por el hecho de pedirle ya demostramos tener algo de fe.
Pero posiblemente insuficiente.
Por eso, antes de pedirle nada, debiéramos pedirle “fe”.
Y hasta debiéramos hacerlo gritando como expresión de nuestras verdaderas ansias de creer.
La fórmula del Padre es distinta a la de los discípulos que le dicen: “Aumenta nuestra fe”.
El padre le pide “que ayude a su poca fe”.

No dudo de que tengamos fe.
Pero ¿qué tipo de fe tenemos?
¿No necesitaremos que él mismo nos ayude a creer?
Porque, al fin y al cabo es algo que no depende de nuestras fuerzas.
La fe es un don de Dios.
Una fe que el mismo Jesús dirá necesita también de la oración.
Porque la oración expresa nuestra fe.
Pero también aumenta nuestra fe.
O mejor es ahí donde Dios ayuda nuestra fe.

Señor: que mi oración brote de la fe.
Señor: que mis peticiones broten de nuestra fe.
Señor: sé que tú puedes, pero “ayuda primero mi fe”.

Clemente Sobrado C. P

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 6 a. Semana – Ciclo A

Flickr: agenciaandes_ec

“Jesús y sus discípulos llegaron a Betsaida. Le trajeron un ciego, pidiéndole que lo tocara. Tomando al ciego de mano, lo sacó fuera del pueblo, y habiéndole puesto saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntó: “¿Ves algo?” El, alzando la vista, dijo: “Veo hombres; me parecen árboles, pero caminan”. Le puso otra vez las manos en los ojos; estaba curado y veía todo con claridad. Jesús le mandó a casa diciendo: “No se lo digas a nadie”. (Mc 8,22-26)

Una de tantas curaciones de ciegos.
Pero esta me gusta por una serie de detalles.
Parecen imperceptibles, pero dicen mucho.

Primero: me gusta que “se lo trajeran”.
Es una manera de demostrar la sensibilidad de la gente.
Es una manera de que los demás no sean insensibles al sufrimiento del otro.
Es una manera de que son otros lo que se interesan por él.
Son ellos los que hablan.
El ciego está en silencio, dependiendo de los demás.

Segundo: me gusta que Jesús no es de los que busca hacer espectáculo.
Por una parte demuestra la bondad de su corazón “lo toma de la mano”.
Comienza siendo acogido.
Es el primer pasa para abrirse a la esperanza de que algo bueno va a suceder.
“Lo saca fuera del pueblo”
Nada de teatro.
Nada de espectáculo.
Nada de buscar aplausos y fama.
Hacer el bien sin hacer ruido.
Hacer el bien sin llamar la atención.
El bien que busca el aplauso ha perdido su propio brillo.
El bien que busca espectacularidad ha perdido su propio sabor.
Dios no es de los hace ruido cuando ama.
Dios prefiere el silencio y la marginalidad.

Pienso se trata de un ciego que alguna vez pudo ver.
Pero que perdió la visión.
Símbolo estupendo y realista de lo que acontece con nuestra fe.
Cuando comenzamos a creer todo aparece todavía como nublado.
El ciego comienza por ver hombres.
Pero todavía los ve deformados.
“Son como árboles”.
Cuando comenzamos a creer las cosas nos parecen extrañas.
La vida nos resulta como deformada.
Es otra manera de ver la realidad.
Es como el amanecer cuando todavía el sol brilla detrás de las montañas.

Una es la fe del niño.
Otra la fe del adolescente.
Otra la fe del hombre maduro.
Del hombre “confirmado”.
Con una fe ya madura y firme.
Tenemos que saber aceptar que nuestra fe tiene un proceso.
Tenemos que aceptar que nuestra fe va clareando como la aurora.
Y no tiene que extrañarnos que veamos pero con una realidad un tanto deformada y extraña.

“El hombre miró: estaba curado y veía todo con claridad”
Es el proceso de nuestra vida de creyentes.
No es lo mismo cuando comenzamos a creer que cuando ya nuestra fe ha madurado.
Y tenemos que vivir este proceso.
Habrá momentos en que lo vemos todo a medias, incluso con serias dudas.
No importa.
Lo importante es que cada día vayamos profundizándola y ahondándola.
Lo importante es que el día vaya clareando.
Aunque tengamos que es esperar al mediodía, cuando el sol brilla en su cenit.
No tenemos que tener miedo al proceso de poder vivir plenamente de la fe.
Me encanta aquella frase de Pablo: “No sé si llegaré a la meta, pero disfruto de saber que estoy corriendo en la pista”.
Dichos de nosotros si llegamos a una fe que nos hace ver en las tinieblas.
Pero no nos desalentemos en esos momentos en los que las nubes oscurecen el camino.

Señor: yo creo, para sé que mi fe es pobre. Todavía los hombres me parecen raros.
Señor: yo creo, pero tú puedes ir clarificándola cada día.
Señor: yo creo, pero haz que mi fe sea más que mis posibles dudas.
Señor: por la saliva de tu lengua en mis ojos y que pueda ver como tú ves.

Clemente Sobrado C. P.