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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 30 a. Semana – Ciclo A

“Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos le estaban espiando. Se encontró delante un hombre enfermo de hidropesía y, dirigiéndose a los maestros de la Ley y fariseos, preguntó: “¿Es lícito curar en sábado o no?” Ellos se quedaron callados. Jesús tocando al enfermo, lo curó y lo despidió. Y a ellos les dijo: “Si a uno de vosotros se le cae al pozo el hijo o el buey, ¿no lo saca enseguida, aunque sea sábado?” Y se quedaron sin respuesta”. (Lc 14,1-6)

Un Evangelio un tanto extraño y que crea una serie de interrogaciones.
En primer lugar, extraña ver a Jesús entrar en casa de uno de los principales fariseos para comer.
Ciertamente fue invitado, lo que resulta extraño que un fariseo y de los jefes, le invitase.
Pero a la vez un comienza a pensar si allí no había gato por liebre.
“Ellos le estaban espiando”.
¿Invitación por simpatía o invitación con trampa?
¿Y cómo estaba allí un enfermo de hidropesía?
No todas las invitaciones son signos de amistad.
Hay muchos signos de amistad que pueden ser toda una trampa.

En segundo lugar, ¿se puede armar toda una comida para tantos en un sábado?
¿y luego escandalizarse de que Jesús cure en sábado?
¿Se puede banquetear en sábado y no se puede sanar en sábado?

En tercer lugar, Jesús les amargó la comida.
Porque los cuestionó en algo que era fundamental para ellos.
¿Se puede curar en sábado?
¿Se puede sacar del pozo al hijo o al buey ¿y no se puede sanar en sábado?
Y en sus mismas narices sana al hombre que padecía hidropesía.
Y nadie se atreve a decirle nada.

En cuarto lugar el silencio.
Ninguno de ellos se quiere mojar.
Ninguno de ellos se quiere complicar.
Ninguno de ellos se quiere definir.
Ninguno de ellos se quiere enfrentar.
Cuando no hay sinceridad, lo mejor es callarse.
Cuando no se busca la verdad, lo mejor es callarse.
Cuando no se quiere manifestar, lo mejor el silencio.

Jesús les pide que se definan.
Pero ellos no tienen el coraje de hacerlo.
Hay silencios que dicen más que mil palabras.
Hay muchos silencios entre nosotros que nos definen claramente.
Hay muchos silencios entre nosotros que tratan de evitar complicarnos.
Hay muchos silencios entre nosotros que definen nuestras cobardías.
Hay muchos silencios entre nosotros que definen nuestros miedos.
Hay muchos silencios entre nosotros que definen nuestras inseguridades.
Hay muchos silencios entre nosotros que son la negación de lo que somos.

Para no complicarnos la vida, lo mejor el silencio.
Diremos que por dentro pensamos otra cosa.
Pero no tenemos la valentía de declararnos cuando nos preguntan.
Preferimos responder con el silencio y un simulacro de sonrisa.
Y creemos que con ello nos hemos salvado.
Dios pide definiciones y no indecisiones.
Dios pide claridad y no medias tintas.
Que nuestros silencios en los grupos sociales, pueden ser la negación de nuestra identidad cristiana.
¿Alguien quisiera que Dios guarde silencio sobre nosotros?

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 30 a. Semana – Ciclo A

“Había una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y andaba encorvada, sin poderse enderezar. Al verla, Jesús la llamó y le dijo: “Mujer quedas libre de tu enfermedad”. Le impuso las manos, y enseguida se enderezó y glorificaba a Dios. Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, dijo a la gente: “Seis días tienen para trabajar, vengan esos días a que les curren, y no los sábados”. Pero el Señor, dirigiéndose a él, dijo: “Hipócritas, cualquiera de ustedes, ¿no desata del pesebre al buey o al burro y lo lleva a beber, aunque sea sábado?” (Lc 13,10-17)

Una religión que no humaniza al hombre no es una religión que lleve a Dios.
La religión que no lleva a Dios a través del hombre, no es la religión de Dios.
La religión no es solo para dar culto a Dios.
La religión es para valorar lo que Dios valora.
La religión verdadera es la que rinde culto a Dios sirviendo al hombre.
Los dos mandamientos principales de la ley son el amor a Dios y al hombre.
La verdadera religión tiene que tener como base la relación con Dios pero también con el hombre.

El sábado, hoy el domingo, es el día dedicado a Dios.
Por tanto también dedicado al servicio del hombre.
No podemos imaginarnos un domingo sin el hombre.
No podemos pensar en un domingo para Dios, olvidándonos del hombre.

El domingo podemos preocuparnos del buey y del burro.
Pero ¿no podemos ocuparnos del hombre?
¿Acaso el domingo es para el buey y el burro?
Pero no para lo que más interesa a Dios que es el hombre.

La religión es buena como camino para rendir culto a Dios.
La religión es buena como camino para dedicarnos al servicio de Dios.
Pero la religión:
¿puede olvidarse de los intereses de Dios?
¿puede olvidarse de los intereses del hombre?

Una religión que se preocupa del buey y del burro, pero se olvida del hombre:
¿será la religión que Dios quiere?
¿será la religión que nos lleva a Dios?
¿a caso Dios se olvida del hombre el sábado o el domingo?
¿a caso el hombre no existe para Dios los sábados o los domingos?
¿a caso solo existen los bueyes y los burros los sábados y domingos?

Para Jesús el camino de Dios es el hombre.
A Dios se llega a través del servicio al hombre.
A Dios se llega a través de una mujer desconocida y encorvada dieciocho años.
A Dios se llega, enderezando en sábado, a una mujer que solo mira a la tierra porque no puede enderezarse.
A Dios se llega enderezando a una mujer encorvada que, por primera vez, puede mirar al cielo.

Jesús no quiere una religión ritualista.
Jesús no quiere una religión de un culto ritualista.
Jesús no quiere ni anuncia una religión que prescinde del hombre.
¿Acaso no comenzó él mismo por hacerse hombre?
¿Acaso no salvó al hombre haciéndose hombre?
¿Acaso no reveló a Dios asumiendo nuestra condición humana?
La encarnación es el camino de Dios hacia el hombre.
La encarnación es la revalorización del hombre.

¿Por qué crucificaron a Jesús?
Porque Dios quiso manifestarse como hombre.
Y eso es lo que la religión no aceptó.
No aceptó un “Dios hombre”.
Por eso tampoco acepta un “hombre imagen de Dios”.

No cambiaremos el mundo con un culto ritualista.
Solo podremos cambiarlo cuando revaloricemos al hombre por encima de la religión.
Solo podremos cambiarlo cuando el hombre sea tan importante que prevalezca sobre el culto ritual.
Solo cuando seamos de valorar al hombre como Dios lo valora.

Tenemos que enderezar al hombre:
Tiene que mirar a la tierra.
Pero tenemos que enseñarle a mirar al cielo.
El verdadero creyente no es el que solo mira al cielo.
Sino el que encuentra el cielo mirando a la tierra.
Por eso necesitamos enderezarle.
Es preciso mirar hacia abajo, pero sin dejar de mirar hacia arriba.

Tendremos que enderezar a la mujer en la Iglesia, demasiado tiempo encorvada.
Tendremos que enderezar a la mujer en la Iglesia, demasiado tiempo viviendo a la sombra de la religión masculina y machista. Y esto, aunque sea domingo.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 22 a. Semana – Ciclo A

“La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le pidieron que hiciera algo por ella. El, de pie a su lado, increpó a la fiebre, y se le pasó: ella levantándose enseguida, se puso a servirles. Al ponerse el sol, los que tenían enfermos con el mal que fuera se los llevaban; y, él, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando”. (Lc 4, 31-37)

Siempre he pensado que la “fiebre” no es ninguna enfermedad.
Pero es señal de que algo enfermo hay en nosotros.
La fiebre implica que dentro hay una infección que no vemos.
La fiebre es un aviso.
Es un ponernos en alerta de que algo no funciona bien dentro.

La suegra de Simón “estaba con una fiebre muy alta”.
No se nos dice cuál era la infección que la provocaba.
La fiebre crea un malestar en el organismo como protesta a lo que anda mal dentro.
Podemos bajar la fiebre mediante analgésicos.
Pero bajar la fiebre no es curar la infección.
Aquí Jesús no solo curó la fiebre.
Junto con la fiebre curó la infección, porque la suegra de Simón se “levantó y comenzó a servirles”.

Hay muchos tipos de fiebre.
Y aunque parezca mentira son el principio de la curación.
Es la voz de la infección que nos avisa para sanarnos por dentro.

Hay la fiebre de querer tener más.
Avisándonos de nuestra esclavitud de las cosas.
Hay la fiebre de la infidelidad.
Avisándonos que nuestro matrimonio necesita de curación.
Hay la fiebre de nuestro cansancio espiritual.
Avisándonos que vivimos una espiritualidad muy pobre.
Hay la fiebre de no tener tiempo para Dios.
Avisándonos de que Dios no es importante en nuestras vidas.
Hay la fiebre de dejar de rezar.
Avisándonos de que nuestra relación con Dios es superficial.
Hay la fiebre de nuestra indiferencia ante los necesitados.
Avisándonos de que las necesidades de los otros no nos duelen.
Hay la fiebre de nuestra indiferencia ante el hambre de los demás.
Avisándonos de que los demás no son importantes para nosotros.
Hay la fiebre de no tener tiempo para los que están solos.
Avisándonos de que los demás nos son indiferentes.
Hay la fiebre de no tener tiempo para ir a Misa.
Avisándonos de que la Eucaristía no es el centro de nuestra vida.
Hay la fiebre de no confesarnos.
Avisándonos de la poca importancia que damos al pecado.

Como ven, hay muchas fiebres.
No solo del cuerpo sino también del alma.
Pero ojala nos doliesen esas fiebres del alma como nos duelen las del cuerpo.
Porque serían el principio para comenzar a sanar nuestras almas.
Porque cuando estas cosas no nos duelen ni nos molestan, difícilmente trataremos de curar sus raíces.

Me siento mal porque no rezo.
Buena señal, ya has comenzado.
Me siento mal porque no voy a misa.
Buena señal, ya has comenzado.
Me siento mal porque no leo la Palabra de Dios.
Buena señal, ya has comenzado.
Me siento mal porque hace años que no me confieso.
Buena señal, ya has comenzado.
Me siento mal porque los demás me son indiferentes.
Buena señal, ya has comenzado.

Señor: yo te pediría que no nos sanes de nuestra fiebre espiritual, si es que no sanas nuestra infección.
Señor: sana nuestras fiebres del alma sanando el alma.
Señor: sana la fiebre y la infección del corazón, para que también nosotros nos pongamos en pie y comencemos a “servir a los demás”.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Martes de la 4 a. Semana – Ciclo A

“Hay en Jerusalén, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Esta tiene cinco pórticos, en ellos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos. Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, al verlo allí tendido, y sabiendo que ya llevaba tanto tiempo, le dice:” ¿Quieres quedar sano?” “Señor, no tengo quien me meta a la piscina… Jesús le dice: “Levántate, toma tu camilla y anda”. Aquel día era sábado, y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano: “Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla”. El les contestó: “El que me ha curado me dijo: “Toma tu camilla y anda”. ( Jn 5,1-3,5-16)

Sí, amigos, en sábado:
Se puede estar paralítico.
Se puede seguir estando enfermo.
Se puede seguir tumbado en la camilla.
Se puede seguir viviendo sin esperanza.
Se puede seguir un año más tirado sobre la camilla.

Pero en sábado:
No se puede sanar la parálisis que impide andar.
No se puede levantarse de la camilla.
No se puede ir a casa con la camilla a cuestas.
No se puede cantar la salud recuperada después de treinta y ocho años.
No se puede volver a disfrutar de la vida.

¡Qué manera de entender la religión!
¡Qué manera de entender a Dios!
¡Qué manera de entender al hombre!

Treinta y ocho años paralítico:
Y nadie se preocupó de él.
Y nadie le echó una mano para ayudarle.
Todos pasaban a su lado y nadie le regalaba una sonrisa.
Todos pasaban junto a él y nadie se preocupaba de él.
Todos pasaban junto a él y a todos les parecía normal verlo tirado.
Es preocupante nuestra indiferencia ante el hermano que sufre.
Es preocupante nuestra insensibilidad ante el hermano inválido.
Posiblemente nadie le regalaba un saludo.
Posiblemente nadie le regalaba una palabra.
Posiblemente nadie le regalaba un sonrisa.

Es doloroso escuchar su propia confesión:
“No tengo un hombre que me dé su mano”.
No tener un hombre que le mire con cariño y le ayude a ir a la piscina.
Y todos con la conciencia tranquila.
Todos con el corazón tranquilo.
Todos pasando a su lado como extraños.

Fue necesario que pasase Jesús:
Jesús sí lo vio.
Jesús sí sintió pena de un hombre desvalido.
Jesús fue el único que hizo algo más que pasar y echarle unas monedas en el sombrero.
Jesús no pasa.
Jesús se detiene.
Jesús se para junto a él y le abre a la esperanza que había perdido:
“¿Quieres quedar sano?”
Jesús se olvidó de que era sábado.

El sábado no es razón para dejar tirado al que no puede levantarse.
La verdadera religión no es para guardar descanso en sábado.
La verdadera religión es mirar al hombre.
La verdadera religión es preocuparse por el hombre.
El verdadero culto no está en el altar.
El verdadero culto está en darle la mano a un paralítico.
El verdadero culto es sanar al hombre y devolverlo a una vida digna.
El verdadero culto pasa haciendo el bien a los demás.
El verdadero culto para por un paralítico que después de treinta y ocho años vuelve a caminar y puede volver a su casa con la camilla, su compañera de tantos años.

La verdadera religión pasa por ver las necesidades del hombre.
A Dios se llega pasando por hacer el bien al hombre paralítico.
Por más que, mientras tanto, los “buenos” se escandalicen y prefieran verlo paralítico y no caminando cantándole a la vida.
Vivía aislado por la enfermedad.
Ahora son los buenos quienes lo aíslan “expulsándolo” como pecador.
¿Quiénes son hoy los buenos y quiénes los pecadores?

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Domingo 4 º – Ciclo A

“Al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento. Escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego y le dijo: “Vete, lávate en la piscina de Siloé” (que quiere decir Enviado). El fue, se lavó y volvió ya viendo. Los vecinos y los que solían verle antes, pues era mendigo, decían: “¿No es éste el que se sentaba para mendigar?” Unos decían: “Es él”. “No, decían otros, sino que es uno que se le parece.” Pero él decía: “Soy yo.”
Llevaron ante los fariseos. Era sábado en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos, Los fariseos le preguntaron como había adquirido la vista. El contestó: “Me puso barro en los ojos, le lavé y veo”. “¿Y tú qué dices de él, ya que te ha abierto los ojos?” El respondió: “Que es un profeta.” Ellos le respondieron: “Has nacido empecatado ¿y nos vas dar lecciones a nosotros?” Y lo expulsaron”.
(Jn 9,1-41)

Un largo relato.
Y un relato lleno de conflictividad.
Y todo por tratarse de la ley del Sábado.
A poco que nos fijemos un ciegote nacimiento a quien de Jesús le ha regalado el don de la luz de sus ojos.
Un ciego acostumbrado a vivir en la caverna de la oscuridad.
Un ciego que ni siquiera pide ver.
Para él la oscuridad se ha convertido en parte de su vida.
Creo que es la primera vez que Jesús se anticipa y le pregunta si quiere ver.

Pero cuantas cosas nos descubre este ciego:
En primer lugar “ciego de nacimiento” y nadie se preocupa de él.
En segundo lugar: es Jesús que se interesa por él.
En tercer lugar: es Jesús que prefiere la visión del ciego a la práctica del sábado.
En cuarto luego: resulta curioso que todo el mundo le conoce mientras está ciego. Y ahora que ve nadie quiere reconocerle.
En quinto lugar: sus mismos padres se desentienden de él para evitarse conflictos con los fariseos.
En sexto lugar: son ahora los fariseos los que se hacen jueces de su curación.
En sexto lugar: qué peligroso es no hacerse esclavo de la ley. Porque ahora son los fariseos los que lo excluyen de la sociedad como “empecatado”.
En séptimo lugar: Jesús vuelve a encontrarse con él y lo trata con cariño y con delicadeza.
En octavo luego: ahora Jesús no solo le devuelve la visión de sus ojos sino también la visión de la fe y se le revela como Hijo de Dios.

Una religión que prefiere:
Que vivamos ciegos.
Pero que cumplamos con la Ley.
Que prefiere el cumplimiento del sábado.
Aunque sigas ciego toda tu vida.

Y qué diferente la actitud de Jesús:
Sabe que es sábado, pero el hombre está por encima de la religiosidad del sábado.
Sabe que es sábado, pero prefiere quebrantar la ley y devolverle la vista a quien nunca vio.
Sabe que es sábado, pero prefiere hacer libre a quien pasó toda su vida tumbado en una camilla.

La verdadera religión:
Es un camino para llegar a Dios.
Pero también es un camino para llegar al hombre.
Es un camino donde podemos ver la esclavitud del hombre.
Pero también la libertad del hombre.

Estamos camino de la Pascua.
No es un camino de esclavitudes.
No es un camino donde todo se olvida del hombre.
Sino un camino donde descubrimos lo que Dios hace por el hombre.
Es el camino donde Dios termina con la religión de la Ley sin amor.
Es la religión donde Dios mismo es capaz de entregar su vida, para que viva el hombre.
Dios y hombre caminan juntos.
Ni Dios sin el hombre.
Ni el hombre sin Dios.
Sino Dios y el hombre en un mismo caminar.

Señor: que los ciegos vean.
Señor: que los que nunca han visto comiencen a ver.
Señor: que los que nunca te han visto, puedan verte ahora en la Cruz.
Señor: que los que nunca han tenido tu luz, la descubran ahora en la Pascua.

Clemente Sobrado C. P

Nadie nos conoce cuando estamos bien

Domingo 4 Cuaresma – A

El relato de la curación del ciego de nacimiento es todo un símbolo.
Todo el mundo le conoce mientras es ciego.
Nadie la reconoce cuando recobra la vista.
Nadie se preocupa cuando es ciego.
Todo el mundo se preocupa cuando logra la vista.
Los problemas no los tiene cuando es ciego.
Los problemas los tiene cuando puede ver.
Diera la impresión de que:
Preferimos ver que alguien sufre.
Preferimos ver que alguien sufre hambre.
Preferimos ver que alguien es marginado.
Preferimos ver que alguien vive aislado y solitario.

Pero, eso sí:
Nadie hace nada por él.
Nadie se preocupa por él.
Nadie se compromete con él.
Nadie se acerca a él para darle una palabra de aliento.
Nadie se acerca a él para darle una mano.
Simplemente pasamos a su lado.
Nos acostumbramos a verlo ciego.
Nos acostumbramos a verlo sufriendo.
Nos acostumbramos a verlo marginado.

Me duele que nos acostumbremos:
A ver tanto pobre que sufre hambre.
A ver tanto pobre que no tiene que comer.
A ver tanto pobre que vive sin que nadie le preste atención.

Porque pienso que es terrible que nos acostumbremos:
A ver a los necesitados.
A ver a quienes carecen de todo.
A ver a quienes nadie tiene en cuenta.
Vemos sus fotos, como noticia.
Vemos sus fotos, como realidad de la vida.
Vemos sus fotos, como acontecimiento.

Pero eso sí, que a nosotros no nos compliquen la vida.
Es doloroso que todo el mundo le conocía mientras era ciego.
Pero ahora que ve, todo el mundo se hace el ignorante.
Ahora que Jesús le ha hecho el milagro de ver, nadie le conoce.
Antes, todos le conocían, aunque nadie hacía nada por él.
Ahora, todos dudan de él.
A nadie preocupado en tanto era ciego y no veía nada.
Ahora que ve es la preocupación de todos.
Ahora vive más solitario que antes.
Al menos la conocían.
Ahora nadie le conoce y todos dudan de él.
Hasta sus padres se hacen los desentendidos.

Cuando uno es malo, todos sabemos de él.
Cuando uno se convierte, todos dudan de él.

Hasta el mismo Jesús es criticado:
Porque está prohibido hacer el bien en sábado.
Prohibido que alguien haga el bien en domingo.
Pero no hacemos nada por él durante la semana.

Me encanta el Dios de Jesús:
Que no le importa hacer el bien en domingo.
Aunque se escandalicen los que no hacemos nada en la semana.
Me repugnan los que nos acostumbrados a ver la miseria humana.
Me repugnan los que nos acostumbramos a ver la pobreza.
Me repugnan los que nos acostumbramos a ver pero no hacemos nada.
Me repugnan los que nos escandalizamos de dejar el culto por ayudar a los que nos necesitan.
Me repugnan los que somos buenos porque vivimos el culto dominical, pero somos indiferentes a los necesitados durante la semana.

Me encanta el Jesús que:
Luego lo encuentra y se le acerca a darle una palabra de aliento.
Luego cuando confiesa: “Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven vean y los que ven queden ciegos”.

Y cabría preguntarnos:
“¿También nosotros estamos ciegos?”
Y Jesús les responde sabiamente: “Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste”.

¿Somos ciegos o somos de los que vemos?
La respuesta es clara:
¿Qué hacéis con los que no ven?
¿Qué hacéis con los que nadie quiere ver?
¿Qué hacéis con los que lo necesitan todo y nadie les hace caso?
La verdad que me siento incómodo con migo mismo.
Porque ya no sé si soy ciego o no quiero ver.
Si veo y paso indiferente al que me necesita.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir la Cuaresma: Lunes de la 3 a. Semana – Ciclo A

“Les garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a la viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón.
Muchos leprosos había en Israel en tiempos de profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el Sirio. Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte sobre el que estaba edificada la ciudad, con intención de despeñarlo”. (Lc 4,24-30)

Hay verdades que duele escucharlas.
Hay verdades que no queremos escucharlas.
Hay verdades que nos molestan.
Hay verdades que en vez de escucharlas preferimos desbarrancar al que nos las dice.
Es que las verdades duelen.
En tanto que las mentiras nos adulan y anestesian.

Eso le pasó a Jesús.
Por eso me gusta Jesús, porque vivió la realidad de nuestras vidas.
Experimentó nuestras grandezas y nuestras miserias.
Pero pasó por la experiencia de nuestra realidad.
Porque tampoco a nosotros nos gusta nos digan la verdad.
Preferimos la anestesia de la adulación.
Preferimos la anestesia de la mentira.

Nos creemos dueños de la verdad, pero no la vivimos.
Nos creemos dueños de la salvación, y muchos tomamos otros caminos.
Nos creemos dueños de Dios, y resulta que fuera de la Iglesia también creen en él.

No sé si recuerdan aquello que le sucedió a un profesor Jesuita en una Universidad en la India.
Se conoció con un gran intelectual. Y mientras charlaban amigablemente, el Doctor le dice, “solo que entre usted y yo hay un problema”.
Solo ustedes se salvan.
Los que estamos fuera de la Iglesia estamos excluidos.

¿Quién habrá inventado ese aforismo tan exclusivista?
Porque lo que Jesús nos dice hoy suena a otra cosa:
Había muchas viudas en Israel.
Sin embargo Elías fue a ayudar a la viuda de Sarepta.
Había muchos leprosos en Israel.
Pero el profeta Eliseo solo curó a Naamán el Sirio.

Resulta llamativo que:
Los que nos creemos seguros no vivimos lo que creemos.
En cambio, paganos que vienen de lejos, creen al Profeta.
¿No recuerdas la Navidad?
Los que estaban cerca de Belén no se enteran de nada.
Son los gentiles que vienen de lejos los que lo descubren primero.
No siempre los que creemos desde que nacemos, tenemos la garantía de nuestra fe.
Y hay muchos que consideramos paganos, y viven más abiertos a Dios.
No siempre los que disponemos de todos los medios que ofrece la Iglesia, vivimos el Evangelio.
Y muchos que viven fuera de la Iglesia, viven las grandes verdades, aun sin saber que son del Evangelio.

Cuando veo las grandes ciudades, y veo que en el centro están todos los elementos activos de la Iglesia, mientras que en los márgenes apenas tienen una misa cada domingo. En mi Parroquia celebramos once misas dominicales.
¿Serán mis feligreses modelos de Evangelio para aquellos que no tienen ninguna o escasamente una?

Felizmente Dios tiene otro criterio.
Tiene la Iglesia como sacramento de salvación.
Pero muchos que dicen pertenecer a la Iglesia viven alejados.
En tanto que, muchos que están fuera de la Iglesia, llevan una vida de mayor coherencia.

Que nos digan esto nos duele.
Si yo predico esto en mi misa de domingo, la gente se me ofende.
Nos cuesta creer que Dios también actúa fuera de la Iglesia.
Nos cuesta creer que Dios también salva fuera de la Iglesia.
Nos cuesta creer que los de fuera también son amados de Dios.
Yo no tengo miedo al escándalo de los buenos.
Me alegra la bondad que hay al otro lado de la frontera de la Iglesia.

Clemente Sobrado C. P.