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Palabras para caminar: Atrévete a creer

1.- Atrévete a creer. Atrévete a fiarte de Dios aunque te falle el piso entero bajo tus pies. Tu mayor acto de fe lo harás el día en que no tengas nada en qué apoyarte y te agarres única y exclusivamente de las manos de Dios, sin miedo a que te suelte. ¿Te atreves a creer así?

Flickr: José Manuel Ríos Valiente

2.- Atrévete a creer. Atrévete a renunciar a tu manera de pensar y ver las cosas y arriésgate a verlas siempre desde Dios y de cómo las ve Dios. Cuando sea noche total en tu vida, tú sigue adelante sin más luz que tu confianza en que Dios no te engaña. ¿Te atreves a creer así?

3.- Atrévete a creer. No sólo con la cabeza. Es muy fácil creer con la cabeza. La verdadera fe es creer con la vida. Que tu misma vida sea una confesión clara y nítida de fe. Quien cree con la vida vive de la fe y la fe se hace vida y la vida se hace fe. ¿Te atreves a creer así?

4.- Atrévete a creer. No sólo cuando todos creen. Sería posiblemente una fe social. Tú estás llamado a creer precisamente cuando los demás se cierran a la fe y aún te dicen que creer es una tontería. Llamado a creer, aunque por ahí te cuenten el cuento de que la fe te da la respuesta a todo. ¿Te atreves a creer así?

5.- Atrévete a creer. No cuando todos te aplauden sino cuando todos te critican y aún se ríen de ti. Ahí es donde Dios está necesitando testigos. Dios no necesita tanto de testigos entre los que ya tienen fe, sino precisamente allí donde no hay fe. ¿Te atreves a creer así?

6.- Atrévete a creer. Incluso cuando tengas que confesar tu fe con el testimonio de tu propia vida. Los mártires murieron por su fe. Su único delito fue creer. Cuando tu fe sea rubricada con tu propia vida, sentirás que valió la pena creer de verdad. ¿Te atreves a creer así?

7. – Atrévete a creer. Que tu fe llegue a fastidiar a los dormidos, a los que viven anestesiados. El mejor signo de tu fe es que donde tú estás los demás se sienten incómodos. Es señal de que estás emitiendo mensajes que cuestionan sus vidas. Y una fe que cuestiona a otros es verdadera. ¿Te atreves a creer así?

Clemente Sobrado, C. P.

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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Sábado de la 18 a. Semana – Ciclo B

“Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: “¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?” Les contestó: “Por vuestra poca fe. Os aseguro que si fuera vuestra fe como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y vendría. Nada os sería imposible”. (Mt 17,14-20)

Soy de los que estaba convencido de que tenia fe.
Luego de leer este Evangelio, confieso que ya me entran serias dudas.
Y no es que me cueste recitar el Credo.
Ni es que me cueste decir que tengo fe en Dios.

Primero Jesús nos dijo que el Reino de Dios se parecía a “un grano de mostaza”.
Yo tengo un puñadito de estos granos, traídos de Tierra Santa.
Los veo tan diminutos que, uno por uno, casi me parecen invisibles.
Y ahora, Jesús les dice a los suyos que su fe es tan pequeña que no llega ni siquiera a un grano de mostaza.
Y para colmo le dice que:
Con una fe tan diminuta hubiesen podido curar de epilepsia a este muchacho.
Con una fe tan diminuta serían capaces de trasladar una montaña.
¡Cuánto ahorrarían los tratan de allanar montañas, maquinarias tan sofisticas!
Personalmente no me arriesgaría a cambiar de lugar a una montaña.
Pero ¡cuánto me gustaría poder sanar a mi hermano enfermo!
Yo que llevo tantos años de sacerdote:
hablando de la fe,
promoviendo la fe,
y celebrando los misterios de la fe,
¿tampoco mi fe llegará a un simple grano de mostaza?

Siempre resulta peligroso:
Dar “supuesto que creemos”.
Dar “supuesto que creemos en Dios”.
Dar por supuesto que “creemos en el Evangelio”.

En alguna ocasión leí.
“no des nada por supuesto”.
“mejor que te cuestiones cada día”.
“mejor que te preguntas cada día”.
“mejor que te fijas como vives cada día”.

Porque la fe no es cuestión de saber sobre Dios, ni saber sobre el Evangelio.
Sino que la fe:
Es una actitud de vida.
Es una vida.
Es una relación personal con Dios.
Es un fiarse totalmente de Él.

Se cree con la cabeza, pero más se cree con el corazón.
Se cree con la cabeza, pero más se cree con la vida.
Fe y vida no son algo paralelo.
Fe y vida son algo que se funden en un mismo pensar.
Fe y vida son algo que se funden en unos mismos criterios.
Fe y vida son algo que se funden en un mismo actuar.
No podemos hablar de fe sino podemos hablar de vida.
La medida de nuestra fe nos la dará siempre la confianza, el abandono en Dios.
La medida de nuestra fe la medimos por nuestra coherencia de nuestra vida.
Dime cómo vives y te diré cómo es tu fe.
Cuanto más plena sea tu vida, mayor será tu fe.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 18 a. Semana – Ciclo B

“Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón, Una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.”Atiéndela, que viene detrás gritando”. “Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de Irreal”. “No está bien echar a los perritos el pan de los hijos”. “Mujer qué grande es tu fe, que se cumpla lo que deseas”. (Mt 15, 21-28)

Un Evangelio un tanto extraño.
Un Jesús desconocido.
Un Jesús aparentemente encerrado en Israel.
Un Jesús aparentemente excluyente de los que no son de Israel.
Un Jesús que aparentemente rebaja y hasta desprecia a los que no son del Pueblo de Israel.

A veces Jesús toma actitudes un tanto extrañas.
¿Por qué a sí las siente?
¿O porque quiere llamar la atención de sus discípulos?
Nos inclinamos por esta versión.
Llamar la atención y hasta un cierto escándalo.
Hasta ellos tiene que hacer de intercesores. “Atiéndela”.
Y un Jesús que prácticamente la llama perra a esta pobre mujer.
Quiere demostrarles que también fuera de Israel puede haber mucha fe.
Que Israel no es el único que tiene fe.
Al contrario que también entre los extraños puede haber más fe que entre los propios.

Saber reconocer que también entre los que no son de los nuestros puede haber una gran fe. “Mujer, qué grande es tu fe!”
Con frecuencia pensamos que solo en la Iglesia está toda la verdad.
Que fuera de la Iglesia todo es mentira.
Y también fuera de la Iglesia puede haber mucha fe, aún sin reconocerla.
También fuera de la Iglesia puede haber mucha bondad.
También otras Iglesias tienen mucha fe.
También en aquellos que decimos paganos puede haber mucha verdad.
También en ellos puede haber mucha bondad.
Se dice que Uruguay es el país más secularizado y menos creyente.
Y sin embargo con los problemas del medo oriente, fue el primer país en ofrecer acogida a ciento cincuenta personas expatriadas, dándoles posibilidades de una vida digna.

Llama la atención la actitud del Papa Francisco siempre abierto a las demás Iglesias y religiones.
Estar abiertos e incluso dar acogida no significa que todo sea igual.
Es simplemente estar abiertos a lo bueno que hay en otras partes.
Es comprender lo bueno que hay en los que no son como nosotros.
Es respetar a los que no piensan como nosotros.
No todos pensamos lo mismo.
Ni siquiera dentro de la misma Iglesia.
Incluso en el matrimonio y la familia.
Respetar el pensamiento de los notros no significa que cambiemos el nuestro.
Estoy convencido que en las distintas religiones hay muchas cosas buenas, que incluso debiéramos imitar.
No es que debemos renunciar a la Iglesia sino reconocer que no tenemos la exclusiva de la verdad ni de la bondad.
Jesús se admira de la fe de esta pagana.
Tal vez debiéramos tener la capacidad de admirar todo lo bueno que al otro lado de nuestras fronteras humanas y religiosas.

Los problemas no se solucionan confrontándonos sino respetándonos.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 15 a. Semana – Ciclo B

“Se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho casi todos sus milagros, porque no se habían convertido: “¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se hubiesen convertido, cubiertas de sayal y ceniza”. (Mt 11,20-24)

Se dice de muchos países que están sentados en una mina de oro, y sin embargo, siguen siendo pobres.
No siempre la abundancia es señal de que la gente sea rica.
Algo parecido nos dice Jesús en el Evangelio de hoy.

Muchos milagros, pero poca conversión.
Muchos milagros, pero poca fe.
No todos tienen las mismas oportunidades para creer.
No todos tienen las mismas posibilidades para creer.
No todos tienen los mismos medios para ser verdaderos cristianos.
Tiro y Sidón no han visto tantos milagros.
Por eso tienen disculpa.

Hay lugares donde la presencia de la Iglesia está como saturada.
Hay lugares donde se acumulan las posibilidades de vivir la fe.
Hay lugares donde la gente se queja por gusto, teniendo todos los servicios a mano.
¿Será Roma el modelo de vida creyente en Jesús?
¡No será por falta de posibilidades!

Como también hay lugares:
Donde la presencia de la Iglesia es escasa.
Donde la presencia del sacerdote es mínima.
Donde las posibilidades de atención son reducidas al máximo.
Donde los servicios de la Iglesia están prácticamente ausentes.

Y la pregunta salta a la vista:
¿Hay una verdadera respuesta de fe según las posibilidades que tenemos?
¿No tendríamos que decir también nosotros que, si en otros lugares donde la presencia de la Iglesia es mínima, no habría una mejor respuesta que allí donde nos estorbamos unos a otros?

Una cosa es cierta:
A mayores posibilidades, mayores oportunidades.
A mayores posibilidades, mayores responsabilidades.
A mayores posibilidades, mayores exigencias.

¿Alguien podrá pedir más responsabilidades a quienes viven en la miseria, que a quienes lo tienen todo?
¿Alguien podrá exigir lo mismo a quienes carecen de todo que a quienes no carecen de nada?
¿Alguien podrá exigir lo mismo a quienes tienen una misa al año, que a quienes tienen ocho o diez misas cada domingo?
¿Alguien podrá exigir la misma moralidad a quienes viven marginados y apiñados en unas esteras, que a quienes disponen de grandes mansiones?

Yo sé los dones que el Señor ha derramado en mi vida.
No sé los que habrá derramado en la tuya.
Por eso no puedo sentirme superior a ti.
Tampoco puedo juzgarte.
Cada uno sabe lo que ha recibido y su propia responsabilidad.
Cada uno conoce las semillas sembradas.
Y cada uno es testigo de su propia siega

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 14 a. Semana – Ciclo B

“Entre tanto, una mujer que sufría flujos de sangre desde hacía doce años se le acercó por detrás y le tocó el borde del manto pensando que, con solo tocarle el manto, se curaría. Jesús se volvió y, al verla, le dijo: “¡Animo, hija! Tu fe te ha curado”. (Mt 9,18-26)

Muchos piden milagros para creer.
Mejor si pedimos una fe capaz de hacerlos.
No siempre los milagros nos llevan a la fe.
De eso, Jesús tiene suficiente experiencia.
Pero la fe sí puede hacer milagros.

Además Jesús no es de los que buscan espectacularidad al hacer milagros.
De ordinario, los hace de una manera sencilla y simple.
Incluso pide que no lo divulguen: “no se lo digas a nadie”.
Tampoco busca protagonismo.
Prefiere que las personas no solo se puedan sanar, sino que se sientan ellas mismas valoradas. “Tu fe te ha curado”.

¡Qué importante es hacer el bien sin aprovecharnos de los demás para nosotros figurar!
¡Qué importante es hacer el bien, no tanto sintiéndonos bien nosotros, sino que se sientan bien aquellos a quienes se lo hacemos!
La caridad y el amor no deben humillar a nadie.
La caridad y el amor no deben crear deudores.
La caridad y el amor no deben hacer sentirse a los otros menos.
Por el contrario:
La caridad y el amor deben hacer crecer la autoestima del otro.
La caridad y el amor deben hacer crecer la dignidad del otro.

Por eso, cuando damos limosna, tenemos que hacerlo sonrientes.
Por eso, cuando damos limosna, es más importante cómo la damos que lo que damos.
Por eso, cuando damos limosna, hagámoslo con alegría y naturalidad.
Ya el Concilio Vaticano II decía que cuando hagamos algo por los demás, lo hagamos de tal modo que se sientan más libres e incluso de modo que no sigan necesitando de nosotros.
Hacer el bien de modo que los otros se sientan libres.
Hacer el bien de modo que los otros se sientan dignificados.
¡Cuánto necesitamos todos sentirnos bien!
¡Cuánto necesitamos todos sentirnos valorados por los demás!
¡Cuánto necesitamos todos sentir que somos importantes para los demás!

Uno de los gestos preferidos por Jesús suele ser:
Tocarle con la mano.
Imponerle las manos.
Dejarse tocar.

Tocar con la mano es acortar las distancias con los demás.
Tocar con la mano es humanizar nuestras relaciones con los demás.
Tocar con la mano es poner calor humano en nuestras relaciones.
Dejarse tocar es señal de sentirnos iguales.
Dejarse tocar es señal de aceptación de los demás.

A Dios le encanta, como Padre, tocarnos con sus manos.
A Dios le encanta, como Padre, que le toquemos.
A Dios nunca le podremos tocar en su divinidad.
Para eso Dios se hizo humano y así pudiéramos tocarle.
Incluso basta con tocarle “el manto”.
Tocar el “manto” de Dios, es tocar con la mano su humanidad.
Y cada vez que le tocamos con fe, sale de su humanidad la virtud de sanación.
Esto lo sabía muy bien esta mujer pagana. “Con solo tocar su manto sabía que quedaría curada”.

Todos necesitamos tocar con nuestras manos a los demás.
Todos necesitamos sentir que las manos de los otros nos tocan.
Hay un algo de misterioso en ese contacto con la piel.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Domingo 14 – Ciclo B

“Fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: “¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es este el hijo del carpintero, el hijo de María?… No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe”. (Mc 6,1-6)

La vida está llena de contradicciones.
Todos admiran la sabiduría de Jesús.
Pero no se abren a ella.
Más que aceptarle les interesa saber quién se la ha enseñado.
Lo importante de dónde saca todo ese saber.
Quiénes han sido sus maestros.
Para ellos su sabiduría sigue siendo humana y no divina.
Interesa más conocer a sus maestros que rendirse a lo que enseña.
Los de Cafarnaún descubrían que era una sabiduría nueva y no como la de los escribas.
Era una sabiduría nueva, distinta, propia.

Además, su origen era otro estorbo.
Era hijo de un carpintero.
Y su madre era María, mujer del pueblo.
¿Qué se puede esperar de un carpintero?
¿Qué se puede esperar de alguien cuya familia conocemos?
Para que nos crean es mejor ser un desconocido.
Para que nos crean es preferible venir del oriente cuyo origen desconocemos.

Es el peligro cuando:
No valoramos a las personas por sí mismas.
No las valoramos por lo que son.
Sino por su apellido.
Por su origen.
Por la profesión de sus padres.

Cada uno somos lo que somos y no lo que fueron nuestros antepasados.
Cada uno valemos por lo que somos y no por nuestra genealogía.
Y además, la verdad tiene muchos caminos.
Si nos atenemos al Evangelio, los sencillos son el mejor camino de la verdad.
Los pobres y desheredados son el mejor camino de Dios hacia nosotros.
El mismo no se revistió de grandeza sino de pobreza y abajamiento.

El problema será siempre la fe.
Jesús no pudo hacer milagros, no porque no quisiese.
Jesús no pudo hacer milagros, “por su falta de fe”.
Y posiblemente algo doloroso para él.
El que vino para todos siente la decepción de los más cercanos.
“Vino a los suyos y los suyos no le reconocieron”.
Fue a su propio pueblo, y allí se niegan a creer en él.

Es doloroso que te nieguen en tu casa y te abran las puertas de los otros.
Es doloroso que te admiren lejos y te tengan por un vulgar a tu casa.
Es doloroso sean precisamente los tuyos los que no te reconocen.
Es doloroso acepten la verdad cuando viene de lejos, y la rechacen los de cerca.

Señor, tengo mejor suerte que tú.
Tu padre fue carpintero y no te creyeron.
Mi padre fue zapatero y reconozco que me valoran.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 13 a. Semana – Ciclo B

Santo Tomás, Apóstol

“Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costad, no lo creo”. (Jn 20,24-29)

Como una especie de oasis en el camino del tiempo ordinario, hoy nos encontramos con un Jesús resucitado apareciéndose a sus discípulos. Y como figura central, la figura de Tomás.
El espacio normal para encontrarnos y para ver a Jesús es la “comunidad”.
La fe comienza por creer a la comunidad que “ha visto al Señor”.
Pero siempre hay quienes no creen en la comunidad.
Y siempre hay quienes para creer ponen condiciones.

“Tomás no estaba con ellos”.
No estaba en la comunidad y se perdió la ocasión de ver por primera vez al resucitado.
Es que Jesús tiene como espacio de su presencia “donde dos o tres estén reunidos” en medio de ellos estoy yo.
Nunca faltan los individualistas que prefieren caminar en solitario.
Nunca faltan los individualistas que prefieren vivir al margen.
Nunca faltan los individualistas que se niegan a ser uno más del grupo.
Se sienten especiales.
Se sienten más que los demás.
Se sienten autosuficientes y que no necesitan de nadie.
Sin embargo, la comunidad es lo más parecido a Dios.
La comunidad es el clima más humano para la convivencia humana y cristiana.
El cristiano no es un francotirador, sino alguien que vive en “comunión y fraternidad”.
La comunidad es como el ambiente climatizado donde mejor se está.
¿Era Tomás un individualista?

“Hemos visto al Señor”
Tomás no es un incrédulo.
El pecado de Tomás es “la duda”.
El pecado de Tomás es “no creer a la comunidad”.
El pecado de Tomás es “no creer que los demás puedan ver, si él no ha visto”.
Jesús se revela y manifiesta en la comunidad.
Jesús convierte a la comunidad en el testigo de que “El está vivo”.

“Yo creo en Jesús, pero no creo en la Iglesia”.
Es la actitud moderna y actualizada de los que también hoy se saltan a la comunidad.
Es la actitud moderna y actualizada de los que también hoy quieren saltarse a la comunidad eclesial para creer en Jesús.
Es la actitud moderna y actualizada de los que, en realidad, no creen en Jesús, y lo justifican pasando por encima de la Iglesia.
Piensan que el Evangelio lo escribió Jesús y no Mateo, Marcos, Lucas y Juan, miembros de la comunidad. Sin Iglesia no hubiésemos tenido los Evangelios.
Los Evangelios nacieron en la Iglesia. Sin Iglesia no tenemos camino.
Sin Iglesia no tenemos presencia del resucitado, ella es el “Sacramento pascual del resucitado”.

“Si no veo y si no meto mis dedos”
Hay quienes siempre ponen y exigen condiciones para creer.
Tomás es positivista: quiere ver y tocar.
La fe no viene del ver y tocar.
La fe se retransmite por el testimonio de los que han visto y creído.
Sin embargo, Tomás revela también el proceso de la fe del hombre de hoy.
No podremos ver las llagas de Jesús, pero sí necesitamos ver la fe vivida en la comunidad.
No podremos tocar y meter nuestros dedos en las llagas de Jesús, pero sí necesitamos testigos de esas llagas.
Tal vez, hoy, no sean las llagas del “Crucificado”, pero sí las llagas de los “crucificados”.
Necesitamos el testimonio de una Iglesia que sepa ver las llagas de los “crucificados”.
Necesitamos el testimonio de una Iglesia que sepa meter sus dedos en las heridas y llagas de los “crucificados” de hoy.
Es posible que el hombre de hoy, necesite ver una Iglesia identificada con esas llegas y esas heridas de los “crucificados”. Y que no sea suficiente decir: “Hemos visto al Señor”.
¿Dónde lo hemos visto?
De hecho, Jesús les mostró las llagas de sus manos, de sus pies y de su costado.
La Iglesia ¿no tendrá que manifestar también hoy las llagas de sus manos, de sus pies y de su corazón, fruto de su compromiso con los crucificados de hoy?

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 13 a. Semana – Ciclo B

“De pronto se levantó un temporal tan fuerte que la barca desaparecía entre las olas; él dormía. Se acercaron los discípulos y lo despertaron, gritando: “¡Señor, sálvanos, que nos hundimos!” El les dijo: “¡Cobardes! ¡Qué poca fe!” Se puso en pie e increpó a los vientos y al lago, y vino una gran calma, Ellos se preguntaban admirados: “¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el agua le obedecen!” (Mt 8,23-27)

En la naturaleza hay días tranquilos y serenos.
Pero también hay días tormentosos y hasta con huracanes que hacen desastre y medio.
Algo parecido acontece con la Iglesia.
Hay días serenos y tranquilos.
Hay días en los que todo parece tranquilo.
Pero también en la Iglesia existen tormentas.
Tormentas que nos vienen de fuera: las persecuciones.
Tormentas que vienen de dentro: conflictos y divisiones internas.
Días en los que resplandece la gracia y la santidad.
Días en los que el pecado parece que la hunde y la hace perder de sentido.
Días en los que la sociedad la admira, aprecia y valora.
Días en los que la sociedad la sociedad la critica, la persigue y trata de destruirla.

Hemos estado demasiado acostumbrados a una Iglesia tranquila.
A una Iglesia a la que todos admiraban.
A una Iglesia en la que Estado e Iglesia caminaban de la mano.
Todos nos sentíamos a gusto con esa Iglesia y sin embargo era una calma que hacía poco favor a la Iglesia. Nunca el matrimonio e Iglesia ha sido favorable para la autenticidad de la Iglesia.

Los últimos años la Iglesia ha sufrido muchas tormentas.
Ha sido víctima de grandes escándalos de todo tipo.
Una Iglesia que ha perdido prestigio social.
Una Iglesia que daba la impresión de oscurecerse y dejar de ser “luz de las gentes”.
Problemas de pederastia que la desacreditaba nada menos que en sus representantes.
Problemas económicos con el famoso Banco Vaticano.
Problemas de poder que sutilmente la iban envenenando por dentro.

Y mientras tanto ¿dónde estaba Jesús?
Para muchos Jesús estaba dormido.
Y sin embargo, ahí estaba él.
Tormentas posiblemente porque hemos convertido la Iglesia en cosa de hombres y nos hemos olvidado de Jesús.
Lo hemos dejado dormirse y lo hemos querido hacer todo nosotros.

Las tormentas pueden ser peligrosas.
Cuántos bosques destruidos en esas tormentas.
Pero las tormentas también tienen su lado bueno.
Nos hacen volver la mirada y el corazón de Jesús.
Nos hacen despertar al Jesús que habíamos adormecido.
Nos hacen gritar “Señor, sálvanos”.

Ocultar nuestras debilidades no hace favor alguno a la Iglesia.
Ocultar nuestros pecados nos hace conservar las apariencias.
Pero lo malo de los árboles es cuando comienzan a podrirse el tronco por dentro.
Que nuestras debilidades afloren, hacen sufrir, pero son principio de sanación.
La Iglesia ha sufrido mucho estos últimos años porque le hemos quitado el polvo que ocultaba sus miserias.
Y esto ha sido motivo para que la Iglesia se plante de nuevo su verdad.
Ha sido motivo para que la Iglesia se purifique interiormente en su dolor y sufrimiento.
La fiebre crea malestar en el organismo.
Pero también nos avisa y hace que busquemos la infección que nos está dañando dentro.
Hoy sentimos que, pasada la tormenta, la Iglesia comienza a rejuvenecerse.
Hoy sentimos que un aire nuevo refresca en el rostro de la Iglesia.
El regalo del Papa Francisco, que a muchos puede que moleste, es un viento primaveral que está invitando a la Iglesia a renovarse, a ser ella misma, y a que Jesús vuelva a ponerse en pie en medio del oleaje.

Clemente Sobrado C. P.