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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Miércoles de la 20 a. Semana – Ciclo B

“Al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajar y les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido. Salió hacia el mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros parados y les dijo:”Nadie nos contratado”. “Id también vosotros a mi viña”. (Mt 20,1-16)

En la Iglesia hay mucho que hacer.
En el mundo hay mucho que hacer.
Hay mucho que hacer en la transformación del mundo.
Hay mucho que hacer en el anuncio del Evangelio.
Y mientras tanto: hay demasiados cristianos de brazos caídos en la plaza de la vida.
Y Dios nos sigue llamando a todos.
No hay edad en la que tengamos disculpa para decir que no podemos.

El Papa Francisco, hablando a los seglares de Corea del Sur, durante su visita les dice:
“Este precioso legado sigue vivo en sus obras actuales de fe, de caridad y de servicio.
Hoy, como siempre, la Iglesia tiene necesidad del testimonio creíble de los laicos sobre la verdad salvífica del Evangelio,
su poder para purificar y trasformar el corazón,
y su fecundidad para edificar la familia humana
en unidad, justicia y paz.

Sabemos que no hay más que una misión en la Iglesia de Dios,
y que todo bautizado tiene un puesto vital en ella.
Sus dones como hombres y mujeres laicos son múltiples y sus apostolados variados,
y todo lo que hacen contribuye a la promoción de la misión de la Iglesia, asegurando que el orden temporal esté informado y perfeccionado por el Espíritu de Cristo y ordenado a la venida de su Reino”.

Hemos vivido durante siglos una Iglesia clerical.
Mientras los laicos no tenía nada que hacer.
Mientras los laicos no eran invitados más que escuchar.
Invitados a la pasividad.
No invitados a “trabajar en la viña”.

Ahora los laicos comienzan a sentirse llamados.
Pero el peso de la historia hace difícil la respuesta,
Tanto por parte de los sacerdotes como por parte de los mismos laicos.

El Papa los invita:
Al testimonio creíble sobre la verdad salvífica del Evangelio.
Su esfuerzo y poder para edificar la familia humana.
Existe un solo bautismo común a laicos y sacerdotes.
Pero existen muchos dones tanto en hombres como en mujeres.
Para comprometerse con el Evangelio con el mundo

Y Dios llama a todos.
Ningún bautizado queda excluido.
No todos sienten la llamada a la misma hora.
Unos antes y otros después.
Y ninguno puede disculparse.
Están llamados los niños.
Están llamados los jóvenes.
Están llamados los adultos.
Están llamados los ancianos.
Serán estilos distintos, pero una sola misión.

Dios llama a todas las edades.
Dios llama a cualquier hora.
Dios llama a cada uno según sus posibilidades.
¿Has sentido la llamada de Dios en la Iglesia?
No tienes edad alguna para decir que no.
¿Has respondido a la llamada de Dios en la Iglesia y el mundo?
Supongo no habrás puesta la excusa de Nicodemo: la edad.
No es cuestión de edad. Es cuestión de sentir la llamada.

Clemente Sobrado C. P.

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Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 19 a. Semana – Ciclo B

10 de agosto: San Lorenzo, Diácono y Mártir

Dijo Jesús a sus discípulos: “Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva el Padre lo premiará”. (Jn 12,24-26)

Hoy celebramos una de las fiestas muy queridas de la Iglesia.
El “Santo de la parrilla”.
Pues así sufrió el martirio como si fuese una parrillada de anticuchos.
Y del que se dice con ese humor que nos da la fe: que mientras lo asaban vivo, él seguía con su buen humor diciendo: denme la vuelta porque esta parte ya está bien asada.
Diácono que había puesto su vida al servicio de los necesitados.

El Evangelio lo grafica:
En la suerte del grano de trigo sembrado en la tierra que da mucho fruto.
En el que es capaz de dar la vida por los demás.
En el que perpetúa su vida gastándola en el servicio de los demás.

Como una invitación a vivir de esa diaconía o servicio a los demás.
El grano renuncia a ser él mismo.
Se deja sembrar en la tierra.
Se deja morir para que comience nueva vida.
Del grano que muere nace y brota el talla que luego nos regalará la espiga.
Y la espiga también morirá para hacerse harina.
Y la harina morirá para hacerse pan que luego comemos en la mesa o en la eucaristía.

No es la muerte que, no nos queda más remedio que padecer por la enfermedad o los años.
Es la muerte generosa que elegimos para que otros vivan.
Es la muerte que no es muerte sino que nos transforma en vida de los demás.
Es el ir muriendo día adía, momento a momento para que otros tengan vida.
Es un morir para hacernos vida en la vida de los demás.
Es el morir sirviendo cada día a nuestros hermanos.
Es un morir viéndonos brotar en una vida más digna en nuestro prójimo.
Es un ir muriéndonos poco a poco para ver cómo va creciendo en trigo de nuestros hermanos.

Es el morir como el morir de Jesús.
Que no muere para sí mismo.
Sino que muere por y para los demás.
Tal vez no moriremos en la parrilla como Lorenzo.
Pero sí en la parrilla:
Del amor a los necesitados.
De la entrega a los necesitados.
De la renuncia a lo nuestro por los necesitados.
De la renuncia a nuestras comodidades por la comodidad de los demás.
De la renuncia a nuestro tiempo por los demás.
De la renuncia a nuestras satisfacciones para que los demás lo pasen mejor.
De la renuncia a nuestros intereses por los intereses de los demás.

¿Por qué hablamos tanto de esa muerte que nos lleva al cementerio y hablamos tan poco de estas muertes diarias que nos llevan a la vida?
¿Queremos ser grandes?
Seamos el pequeño grano de trigo que se hace espiga, harina, pan de la mesa, pan de eucaristía.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Lunes de la 15 a. Semana – Ciclo B

“Dijo Jesús a sus apóstoles: “No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz; no he venido a sembrar paz, sino espadas. He venido a enemistar el hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con la suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa”. (Mt 10,14-11,1)

¡Vaya lío!
Uno esperaría que siguiendo a Jesús se solucionarían todos los problemas.
Y resulta que, fruto del seguimiento, todo se complica.

Todos empeñados en que en la familia haya paz, haya armonía, haya comprensión.
Y ahora, Jesús pareciera que viene a echarlo todo por tierra.
Seguirle a él crea tensiones, divisiones, enemistades.
El hijo con su padre.
La hija con su madre.
Y claro, no podía faltar, la nuera con la suegra.

El Evangelio une a los hombres.
Pero el Evangelio también crea divisiones.
El Evangelio crea armonía entre los hombres.
Pero el Evangelio también crea desacuerdos.
El Evangelio crea amistad entre los hombres.
Pero el Evangelio también crea enemistades.

¿Difícil de entender?
¿Será el Evangelio el problema?
¿No será más bien el corazón humano que no se deja cambiar por el Evangelio?
Porque el Evangelio:
Marca un estilo de vida, que no todos quieren compartir.
Marca un estilo de pensamiento, que no todos aceptan.
Marca un estilo de amar, que muchos ven imposible.
Marca unos valores, que muchos rechazan.
Marca unos ideales, que muchos quieren ignorar.
Marca unos valores absolutos y fundamentales que relativizan los mismos valores elementales de la vida.

Y cuando no se acepta esa radicalidad del Evangelio, comienzan los conflictos.
Hoy hablamos mucho de los “conflictos generacionales”:
Los padres que no entienden a los hijos.
Los hijos que no aceptan el modo de pensar de los padres.
Los padres que viven en “ayer”.
Los hijos que quieren vivir del “mañana”.
Sin embargo, el mayor “conflicto generacional” lo crea el mismo Evangelio:
Quien no acepta el Evangelio choca radicalmente con quien decide seguirlo.
Quien no cree en el Evangelio choca con quien sí cree y lo hace vida.
No entendemos el comportamiento de quien hace del Evangelio norma de vida.
No entendemos el comportamiento de quien no acepta nuestros valores.
No entendemos el comportamiento de quien decide vivir en otra clave de valores.
No entendemos el comportamiento de quien decide renunciar a ciertos intereses.

Y ahí está la clave de la desarmonía y ruptura entre las personas.
Podemos ser radicales en política.
Pero no radicales en nuestra fe.
Podemos ser radicales en nuestra increencia.
Pero no radicales en lo que creemos.
A la radicalidad la llamamos fundamentalismo.
A la radicalidad la llamamos fanatismo.
Podemos llamarnos y vivir como ateos.
Pero no se nos permite llamarnos y vivir como creyentes.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 14 a. Semana – Ciclo B

“Jesús dijo a sus Apóstoles: “Mirad que os envío como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas. Pero no os fiéis de la gente, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes; así daréis testimonio ante ellos y ante los gentiles”. (Mt 10,16-23)

Jesús no valía para “político”, porque era incapaz de engañar.
Tampoco valía para “vendedor”, porque no ocultaba los problemas de la realidad.
Tampoco valía para “propagandista”, porque decía siempre la verdad.

A los que “miró a los ojos” y los llamó “por su nombre”, ahora los envía.
No con la ilusión de grandes triunfos.
No con la ilusión de grandes éxitos.
No con la ilusión de mucho aplausos.
A quien busque éxitos y aplausos no le aconsejo siga a Jesús por mucho que le llame.
A quien busque grandes triunfos no le aconsejo se meta de discípulo.

Los envía pero abriéndoles bien los ojos:
“Van como indefensas ovejas”.
“Van en medio de lobos”.
Son conscientes de la relación tan poco amistosa entre ovejas y lobos.

Y se van a encontrar lobos en todas partes:
Entre la gente.
Entre los que detectan el poder.
Entre los mismos jefes religiosos.
No olvidemos la advertencia: “os azotarán en las sinagogas”.
Los tribunales os juzgarán.
Pero en las “sinagogas” os esperan los azotes.
Así de simple y así de realista es Jesús.
El lo sabe por propia experiencia.
Ni la religión es un campo de seguridad.

Pero tampoco les pide que vayan como tontos.
“Sed sagaces como las serpientes”.
Aunque también “sencillos como palomas”.
El discípulo no tiene por qué meterse en la boca del lobo como un sonso.
El discípulo también tiene que conocer la bravura de los lobos, que existen en todas partes:
en la sociedad,
en la política,
en la religión,
en la misma familia.
Sencillos, sí. Sonsos, no.
Sencillos, sí. Pero, también un poco pícaros que saben jugar con los lobos.

Posiblemente no recibiréis aplausos, pero “daréis testimonio”.
Posiblemente sospechen de vosotros y os marginen, pero “daréis testimonio”.
Posiblemente caeréis en desgracia y no tendréis ascensos, pero “daréis testimonio”.

El Evangelio no se anuncia con “títulos y éxitos y renombres”.
El Evangelio se anuncia con “el testimonio de la vida”.
El Evangelio se anuncia con “persecución”.

No importan las dificultades del camino.
Lo que importa es “la perseverancia hasta el final”.
No basta comenzar bien.
Hay que llegar bien hasta el final del camino.
El que persevera hasta el final , ese “se salvará”.

Clemente Sobrado C. P.

Palabras para caminar: Sé coherente con lo que eres

1.- Si realmente eres cristiano, sé coherente con tu cristianismo. No sea que te declares cristiano y luego rechaces tu cristianismo a la hora de vivir. El cristianismo no es un sistema de pensamiento, sino un estilo de vivir. La coherencia es la verdad de ti mismo.

Flickr: tim Schmitt

2.- Si realmente crees en Dios, sé coherente con tu creencia. No sea que digas que crees en Él y luego lo niegas a la hora de vivir. A Dios se le confiesa más con la vida que rezando el Credo. Tu mejor Credo es que rezas con la verdad y coherencia de tu vivir diario. La coherencia es la verdad de ti mismo.

3.- Si realmente crees en tu Bautismo, sé coherente con tu condición de bautizado. No lo niegues en la vida. No prescindas de tu Bautismo cuando tienes que expresarte a ti mismo en la vida. El Bautismo no es una tarjeta de crédito sino una manera de vida. Un estilo de vivir. Tu mejor profesión bautismal es vivir como bautizado. La coherencia es la verdad de ti mismo.

4.- Si realmente crees en la Iglesia, sé coherente con tu condición eclesial. No digas que eres Iglesia y luego rechazas, criticas, murmuras de la Iglesia. Que tu vida no sea una especie de ateísmo eclesial, donde inviertes más energías criticando a la Iglesia que en hacer brillar el rostro de la Iglesia. La coherencia es la verdad de ti mismo.

5.- Si eres ciudadano, sé coherente con tu ciudadanía. Los demás creerán en tu patria no mirando el mapa de su geografía sino por los hombres que la habitan. Vive de tal modo que seas el mejor rostro de tu pueblo, de tu país, de tu nación. La coherencia es la verdad de ti mismo.

6.- Si eres padre de familia, sé coherente con tus hijos. Que te vean como padre no sólo en casa para exigirles, sino también cuando estés fuera de ella. También en la calle sigues siendo padre, con deberes de padre, con responsabilidades de padre. La coherencia es la verdad de ti mismo.

7.- Si eres esposo, sé coherente como esposo. Esposo dentro y esposo fuera. La fidelidad es la coherencia contigo mismo como marido y mujer. ¿Por qué negar en la calle lo que confesamos en el hogar? La coherencia es la verdad de ti mismo.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Martes de la 10 a. Semana – Ciclo B

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en la cima de un monte”. (Mt 5, 13-16)

Todos conocemos los efectos de la sal.
Sobre todo hoy, los médicos nos racionan mucho la sal.
Pero, confieso que a mí una comida sin sal no me sabe a nada.

Una de mis experiencias de niño es cuando se mataban los cerdos y la carne, sobre todo los jamones, se guardaban en una artesa toda llena de sal.
En aquel entonces no entendía el por qué de tanta sal.
Más tarde comprendí que era para conservar en buenas condiciones la carne.

Hoy, con este Papa Panchito, recién descubro esas vidas-sal, esas vidas-luz.
Con él diera la impresión de que la Iglesia tiene otra luz.
Que las cosas se ven de una manera diferente.
Que una Cruz pectoral sencilla brilla más que esas cargadas de perlas.
Que el buen humor y el meterse con la gente como uno más le da más brillo a la Iglesia.
Un Papa con zapatos como el resto de la gente, como que tiene otro sabor.
Un Papa con camiseta de fútbol, sabe a pueblo.
Un Papa con capisayos ordinarios y sencillos, tiene otro gusto.
Un Papa que ha dejado vacío los grandes escritorios, sabe a otra cosa.
Un Papa hablando el lenguaje sencillo del pueblo, sabe a otra cosa.
Un Papa que en Corea utiliza el auto compacto Kía.
O el que regaló un sacerdote de Verona con 300.000 kilómetros.
Una brisa corre por la Iglesia.
¿Se terminará el tiempo de los lujosos Mecedes?
La Iglesia tiene otra luz. Las bombillas son antiguas pero alumbran con luz nueva.

Antes, al bautizar a los niños se les ponía sal en la lengua, se sentían incómodos.
Claro que preferían un turrón de azúcar a la sal.
Y sin embargo, era el bello símbolo del cristiano:
Del cristiano que no solo deba gusto y sabor a la vida.
Del cristiano que no solo daba un nuevo gusto y un nuevo sabor al mundo.
Sino del cristiano que sellaba su amistad con Dios.
Sino del cristiano que sellaba su alianza con Dios.
Sino del cristiano que sellaba su condición de cristiano para toda la vida.
Sino del cristiano que sellaba su fidelidad bautismal, aunque tuviese que vivir en un mundo de mayores condescendencias y facilidades.

Ahora entiendo por qué Jesús lo primero que nos pide a los cristianos es ser “sal de la tierra”.
Sal para el paladar de la vida.
Sal para confirmar nuestra fidelidad, por más que “nos persigan y nos calumnien de cualquier modo por su causa”.
Sal que, que por encima de las persecuciones nos hace “estar alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”.

Y por eso, Jesús nos pone de sobre aviso: “no perder nuestra condición de sal”.
Porque si sus seguidores perdemos esa condición de “sal” hemos perdido el sentido de nuestras vidas en el mundo. Ya solo servimos “para que se nos tire fuere y que la pise la gente”.

Lo que sí siempre me ha gustado es la luz.
Pero no esa luz de las lámparas a pilas.
No esa luz de candil a petróleo.
No esa luz de candil a carburo.
Sino esa luz que tiene como central de energía a Jesús mismos.
Somos luz en la medida en que estamos conectados vitalmente con Jesús.
Somos luz en la medida en que Jesús resplandece en nuestras vidas.
Somos luz en la medida en que Jesús nos ilumine para que iluminemos.

Y ya es hora de que superemos esas falsas humildades de “que no vean lo buenos que somos y lo bueno que hacemos”.
Las ciudades construidas en la cima del monte no son para ocultarse por la niebla.
Las lámparas metidas debajo de una mesa tampoco iluminan.
“Que vean la bondad de nuestras vidas.
Que vean lo bueno que hacemos”.
No para que nos alaben, sino para que a nuestro alrededor hay más luz de Evangelio y la gente “glorifique al Padre que está en el cielo”.

Está bien amigos, que no seamos exhibicionistas de lo que hacemos.
Pero tampoco nos consideremos tan poca cosa que nos escondamos.
Que los demás nos vean.
Que los demás tengan más luz en su camino.
Que los demás nos alaban, pues bendito sea Dios.
Que los demás nos tengan por santos, ¿a caso preferís que nos tengan por pecadores?

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para vivir el Tiempo Ordinario: Viernes de la 8 a. Semana – Ciclo B

“Al día siguiente, cuando salió de Betania, sintió hambre. Vio de lejos una higuera con hojas y se acercó para ver si encontraba algo; al llegar no encontró más que hojas, por no era tiempo de higos. Entonces le dijo: “Nunca jamás coma nadie de ti”. (Mc 11,11-26)

Dicen que las apariencias engañan.
Hay muchas vitrinas bonitas pero dentro no hay nada.
No todo lo que reluce es oro.
Hay mucho hierro y aún madera dorados.

Hay muchas famas artificiales.
Hace unos años, un amigo mío me dijo: “Tú estás perdiendo mucho dinero. Invierte doscientos mil dólares en difundir tu imagen y te invitarán de todo el mundo y te ganarás un dineral”.
Hace unos días estaba contemplando un jarrón de flores.
Realmente eran bellas y hermosas. Ni me atrevía a tocarlas.
Cuando pasó alguien y me dijo:
– ¿Te gustan?
– Me encantan, ¿cómo lograr plantarlas en mi jardín?
– No lo podrás hacer nunca. ¿No te das cuenta de que son artificiales?

Jesús tiene hambre. Y cerca del camino contempla una higuera llena de hojas verdes.
Se acercó y se dio cuenta de que todo era pura hoja. Ni un solo higo.
Fe tal su desilusión que la maldijo: “Nunca jamás alguien coma de ti”.

Lo extraño es que el texto dice que “no era tiempo de higos”.
¿Cómo pretender higos fuera de su tiempo?
¿Cómo querer segar el trigo en el invierno?
¿Cómo buscar flores cuando aún no llegó la primavera?
Bueno, ahora ya existen esos espacios cubiertos que las hacen florecer todo el año.

No bastan nuestras apariencias, cuando alguien tiene hambre de verdad.
No bastan nuestras apariencias de bondad, cuando alguien tiene hambre de testimonios.
No bastan nuestras apariencias de servicialidad, cando dejamos que sean los demás los que lo hagan todo.
No bastan nuestras apariencias de ser promotores de comunidad, cuando vivimos nuestras vidas “por libre” y nunca estamos con los demás.
No bastan nuestras apariencias de santidad, cuando nuestros corazones están llenos de telarañas.
No bastan nuestras apariencias hablando mucho de caridad, cuando luego nos pasamos el día juzgando y criticando a los demás.

Las higueras tienen su tiempo para dar fruto.
Pero nosotros no podemos vivir el Evangelio según las estaciones del año o los grandes momentos litúrgicos: Adviento, Cuaresma o Pascua.
Dios espera frutos de nosotros todos los días.
Cada día Dios tiene hambre de nuestra santidad.
Cada día Dios tiene hambre de nuestra generosidad con los demás.
Cada día Dios tiene hambre de nuestra servicialidad con todos.
Cada día Dios tiene hambre de nuestra solidaridad.

Porque cada día, la Iglesia y el mundo necesitan de nuestra santidad.
Porque cada día, nuestros hermanos necesitan de nuestra generosidad.
Porque cada día, nuestros hermanos necesitan de nuestra servicialidad.
Porque cada día, nuestros hermanos necesitan de nuestra solidaridad.
Porque cada día, nuestros hermanos necesitan de nuestra alegría.
Porque cada día, el mundo necesita testigos del Evangelio.

Las apariencias son una manera de engañar a los demás.
Pero también una manera de engañarnos a nosotros mismos.
Las apariencias pueden ganarnos admiración.
Pero sólo la verdad es capaz de hacernos felices.
Las apariencias engañan a los de afuera, pero nos hacen sentir nuestro vacío interior.

Clemente Sobrado C. P.

Bocadillos espirituales para la Pascua: Jueves de la 6ta Semana – Ciclo B

San Matías, Apóstol

“No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé, Esto os mando que os améis unos a otros”.
(Jn 15, 9-17)

Hoy, la Iglesia celebra la fiesta de este “Apóstol añadido”, San Matías. Llamado a ocupar el lugar que otro ha dejado un vacío en los Doce. Y la Liturgia de la aplica el Evangelio que escuchamos ayer, domingo.

No fue de los Apóstoles elegido a primera hora.
Le tocó en suerte ser suplente de quien no supo responder a la llamada y elección de Jesús y falló en su vocación apostólica.
Pero Jesús sigue eligiendo, no quiere espacios vacíos.
A Matías le toca suplir al que no supo responder a la llamada.
A Matías le toca ocupar un lugar que otro dejó vacío.
Pero esa es la suerte de cada uno de nosotros.
Siempre hay fallos en la Iglesia.
Siempre hay quienes comienzan bien y luego deciden darse de baja, y a veces de una manera bien sucia y cobarde.
¿Y qué importa?
La llamada es la misma, aunque Matías sea llamado a través de la comunidad.
La llamada es la misma, siempre será la misión de ser el testigo de Jesús en el mundo.

Jesús lo ha dicho claramente “no sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido”.
Unas veces nos elige personalmente él.
No sabemos en qué momento eligió a Judas.
Otras veces nos elige a través de la comunidad.
Pero siempre será él quien guía esta elección.

¿Por qué eligió a Judas, si “desde el principio sabía que lo iba a entregar”?
Misterios de la gracia que a todos quiere dar la oportunidad, y no la niega, ni siquiera a quien luego será el que le pone precio en treinta monedes.
¿Por qué eligió a Matías luego a través de la comunidad?
Es el misterio de la comunidad reunida en nombre de Jesús y medio de la cual está presente también.

Toda elección es una delicadeza de Dios.
Toda elección es gesto amoroso de Dios.
Toda elección es un don de generoso de Dios.
Toda elección nos hace ocupar un lugar especial en el corazón de Dios.
Toda elección nos invita y nos encomienda una misión, que es la misma de Jesús.

Todos, como creyentes, somos unos elegidos de Dios.
Resulta maravilloso pensar que no somos nosotros quienes le hemos elegido a El.
Sino que somos elegidos por El.
Y por tanto ocupamos un lugar particular en su corazón.
Y tenemos una misión especial que cumplir.

Vivir la experiencia de “ser elegidos” puede ser la gran fuerza que nos anima, alienta y empuja a seguir adelante:
Los esposos son elegidos para ser “la pareja que revele su amor”. El matrimonio siempre ha sido en la Biblia el gran signo del amor de Dios.
Los sacerdotes y religiosos somos unos elegidos, pero poder ejercer el ministerio de servicio al Pueblo de Dios.
Y por el bautismo todos somos elegidos.
Es fundamental que constantemente regresemos a esta experiencia de “la elección”, porque es regar las raíces de nuestro ser de creyentes. Es regresar a las raíces de lo que somos y estamos llamados a ser.
Actitud de agradecimiento.
Actitud de de fidelidad.
Actitud de responsabilidad.
Actitud de alegría y de esperanza.
Quien te ha elegido te lleva dentro de su corazón.

Clemente Sobrado C. P.